Soñé con una valija vieja y polvorienta, grande, muy llena (panzona). Estaba en medio de un desván vacío. El sol entraba a raudales desde un tragaluz oblicuo. En medio de la luz, la valija, parada en forma vertical y mostrando hacia mí, un lateral, una de las caras más angostas del prisma que formaba.
Enseguida la abrimos. Como un libro, cayeron ambas tapas
hacia cada lado. Una nube de polvo o ceniza se dispersó en el aire. En apenas
unos segundos, aún antes de salir de la sorpresa que esto nos causó, el polvo
se aquietó dejando ver en el fondo de la maleta, un pequeño atado de papeles envueltos en nylon transparente, sujeto con una cinta o piola descolorida.
Quedé estupefacta. Al mismo tiempo, algo defraudada en mis expectativas ante aquella valija que parecía tan llena. Quizás esperaba encontrar allí muchas cosas, no sé qué, ni importa, pero mucha cantidad de lo que fuera; era grande y se veía como si estuviera repleta. No obstante, lo que llenaba esa maleta, casi no era nada, no tenía gran contenido. Solo ese atado de cartas, o documentos, quizás fotos, unos poemas. Nunca lo sabré.
A veces la vida es como esta valija llena de nada, donde tal vez lo valioso sean pequeños tesoros: una carta de amor, una canción, un dibujo, un poema, un pétalo de rosa, una fotografía.