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miércoles, 27 de octubre de 2021

El primer día en la escuela

 


Esta es una de las reminiscencias más vívidas. Ahora, en la distancia de los años, recuerdo lo que sucedió; cómo me sentí. Quizá por eso, comprendí luego, a mis hijos, cuando al dejarlos en la escuela, lloraban al separarse de mí. Por este motivo, traté siempre de acompañarlos en ese primer paso fuera de casa, que se repetía todos los años.

Aquel día fui con mi hermano. El estaba cursando segundo año, era todo un campeón. Iba solo a la escue­la, algunas veces, a ca­ballo. Ese día fuimos cami­nando, no nos acom­pañó ma­má. Todavía hoy, no comprendo por qué no fue; tal vez porque ella no concurrió nunca a la escuela y no vivió ese fatídico «pr­imer día de clase».

En los minutos previos a la entrada, me encontraba sola, parada ante la puerta de la Direc­ción. Mi hermano se había reunido con sus compañeros del año ante­rior y conversaba muy animado. Era muy chico para com­pren­der que yo me sentía perdida. Una maestra se acercó, cariño­sa, y me preguntó mi nombre. Me escuché respon­der con voz ronca, parecía de otra persona. Levantó mi cara hacia ella, empujándome el rostro con suavidad, desde el mentón. Comen­zó con ternura a decirme que sería mi maes­tra, que tenía una niñita como yo, que seríamos muy buenas ami­gas, que me gus­taría mu­cho ir a la escuela. De pronto no pude más y solté el llanto que tenía atravesado en la gargan­ta. Me abra­zó y apretó mi cara contra su falda. Sentí olor a comi­da, quizá ha­bía estado cocinando, o lo que fuera, el caso es que ese aroma me pare­ció muy familiar: olía como mi mamá, y por eso, más lloraba.

Traje­ron a mi hermano, que me re­zongaba di­ciéndome que era una boba, que no tenía que llorar. Me llevaron con otros niños a jugar al patio, junto con mi hermano. Me sentía tan pequeñita, cercada por niños que pare­cían muy altos y me miraban como cosa rara. En un momento en que el cerco se abrió un poco, em­prendí una deses­pe­rada carrera hacia el portón de salida, pero fui al­canzada en­seguida. En la desespera­ción por zafarme de las manos que me aprisionaban, y voces que llamaban a gritos a la maes­tra, la emprendí a puntapiés y manotazos a dies­tra y siniestra, lla­mando entre llantos desconso­la­dos a mi madre. Casi enseguida sonó el timbre de entrada y todos corrieron para hacer fila. Yo no sabía qué hacer. La maestra me condujo con sua­vidad y me co­locó en una de ellas. Me sentía abrumada entre el ruido de tantos niños que me rodeaban.

Ya en la clase, luego de es­piar en derredor, sin levantar la cabeza, otra vez, rompí en llanto, ahora, silencioso pero inconteni­ble. La maestra, dulce y paciente, me llevó con ella al frente de la clase.  Comenzó a mos­trarme una cantidad de gusa­nos de seda, que había en una planta de mora, que crecía en una maceta, al lado del es­critorio.

      En un mo­mento en que uno de los gusanos cayó de su hoja al piso, me dijo que lo levanta­ra. Yo había aprendido que "los gusanos no se tocan", entonces escondí mis ma­nos en la es­palda, y aunque ella insistió di­ciéndome que no me harían daño, que esos gusani­tos eran buenos, no pudo convencerme. 
No faltó algún come­dido que corriera a levantarlo.

Pasado ese pri­mer día, fui descu­briendo un mundo nue­vo, totalmente des­conocido, que despertó en mí la curiosidad y ganas de saber todo.


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