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domingo, 24 de octubre de 2021

Cómo llegué a San Gregorio de Polanco

 

La historia comienza con un recuerdo vago y confuso. Una escena incompleta. Un jardín, un arbolito con flores. Lo veía muy cerca. Estaba en brazos de mi madrina, una anciana de cabellos muy blancos, que se encontraba de espaldas al arbolito. Recuerdo que no quería estar en sus brazos y lloraba. Con el correr de los años supe que esa imagen, confusa en mi recuerdo, era la despedida de la madrina, cuando mi familia se mudó a otro pueblo. 

Luego la memoria me devuelve otros recuerdos más nítidos.

Un día hermoso, muy luminoso. Me sentía cansada y no quería caminar. Pero no tenía otra opción, ya que mamá llevaba en brazos a mi hermana, bebé

Caminábamos cruzando campo, por un caminito muy estrecho. Llegamos a un alambrado, que separaba ese campo de un terreno en el que se encontraba mi padre. Venía al encuentro de la familia, sonriente y cariñoso. Esa imagen está muy clara y brillante en mi mente. El fulgor del día, la sonrisa de mi padre y el alivio por haber llegado. Me sentía muy cansada por el viaje y la caminata, que para mi corta edad (aún no tenía tres años) había sido mucha. Veníamos desde el sur. Viajamos muchas horas en tren, hasta la Estación Blanquillo. 


Luego, un viaje interminable en un ómnibus viejo, repleto de gente y bultos, por un camino terrible que hacía que el coche se moviera de forma insoportable. Mi cabeza daba vueltas, me sentía muy mal. Ya ni ganas de llorar tenía. Estaba muy incómoda, apretada entre mi hermano y mi madre que llevaba  en brazos a mi hermana.


Este camino terminaba casi dentro del agua. Ahí estaba el río Negro. Ese era el término del viaje. Pero, todavía había que cruzar. El ómnibus se deslizó sobre la balsa que nos transportaría hacia el otro lado, hacia San Gregorio de Polanco

Me sentía tan mal, que no tengo más recuerdos de ese momento, que un montón de gente al lado del ómnibus, sobre esa plataforma, y muchos bultos y valijas.


 De ahí en adelante, en una serie de imágenes bonitas y llenas de luz, como si siempre fuera primavera, surgen todos, o casi todos, mis primeros recuerdos. Se suceden en una serie hermosa, como en un álbum de fotografías tomadas en vacaciones.

Siempre la luz, el sol, la playa, el río. 

Ese río, que nunca más se borraría de mi mente, custodia todos los mejores momentos. Su recuerdo, en horas amargas y difíciles, es como un bálsamo que me ayuda y me da fuerzas para sobrellevar las cargas que la vida me ha deparado. Tiene en mi vida interior, una influencia mágica. En noches atormentadas de preocupaciones y desvelos, basta evocar momentos vividos a orillas del río, para que al instante, queden atrás los sinsabores de un día agitado. Al evocar la frescura de la brisa, el olor y el ruido del agua, el sueño reparador obra milagros en mi cuerpo cansado. En este pequeño pueblo, y a orillas de este río mágico, transcurrieron, quizás, los tres años más importantes de mi infancia.



 

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