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viernes, 29 de octubre de 2021

Inundaciones

 


Era el año 1959. Un día de otoño, a fines de marzo, comenzó a llover y continuó no sé por cuánto tiempo. En mis recuerdos están todos los momentos, hasta los más preocupantes, pintados con la luz y la alegría de los inocentes seis años; con la ingenuidad de esa edad, que no permite comprender la gravedad de algunos hechos. 

Llovía. Jugaba con mis hermanos bajo la lluvia. Chapaleábamos descalzos por el campo; al caer con fuerza en algún charco, hacíamos saltar el agua entre risas y gritos de placer; nos levantábamos y seguíamos corriendo, a cada paso, más empapados. El agua chorreaba por el rostro, tapándonos, a veces, los ojos. Nos divertía bebernos el agua que corría por la cara; manotear un poco para despejar los ojos y seguir incansables, saltando y corriendo entre gritos y risas, hasta que mamá ponía fin al juego, llamándonos a secarnos, antes que tomáramos un enfriamiento. No recuerdo haber tenido frío durante esos juegos.

Cuando en algún momento, paraba la lluvia y salía por intervalos, el sol, jugábamos en el campo ya inundado por el río. Estaba a pocos metros de la casa. Me gustaba tenerlo dentro de la huerta y entre los naranjales. Pero, me angustiaba verlo avanzar hasta alcanzar las "bocas" de los hornos de ladrillos de mi padre; ver cómo crecía hasta cubrir las "pilas de adobe", prontos para la "quema"

A veces pescaba con mi hermano. Con una cañita y anzuelos sacábamos algún pejerrey, ahí nomás, casi frente a la puerta.

Después, bajó la temperatura y no podíamos salir. Entonces mamá cocinaba boniatos al vapor. ¡Qué ricos! Eran de la cosecha sacada justo a tiempo, antes que empezara a llover. En algún momento, mi hermano y yo salíamos corriendo bajo la lluvia, y manoteábamos alguna mandarina que pendía del arbolito, frente a la puerta de la cocina, al alcance de la mano. Estaba aún sin madurar, pero sí, lo suficientemente dulce y olorosa como para comerla entre chasquidos y "caras agrias".

En la tarde dejaba de llover y salía el sol un rato. Pero el río seguía avanzando a gran velocidad.

Un día, llegó un agente policial y estuvo conversando con mi madre, tratando de convencerla para que saliera con tiempo de allí, que fuera para el centro del pueblo. Dijo que el agua llegaría a cubrir la casa, que tendríamos que ser evacuados. Mi madre miraba todo lo que tenía que sacar de la casa y pensaba que no podía mudarse en ese momento. Estaba encinta de su quinto hijo, tenía un bebé de once meses y tres niños aún chicos.

Mi padre estaba construyendo la casa en Blanquillo, un pueblo del otro lado del río Negro, en Durazno.

En aquellas cavilaciones andaba, cuando llegó la madrina del pequeño bebé, con un camión muy grande. "Vengo a buscarla comadre, usted no puede quedarse aquí sola con todos esos niños", dijo. Por más que mi madre explicara que había muchas cosas que arreglar, que no se podía organizar una mudanza en un rato, la comadre comenzó a juntar todo. 

El caso fue que, a la tardecita estábamos con los muebles y demás enseres, en su casa. Llevamos varios jaulones con pollos y gallinas; cajones de boniatos, zapallos y papas; ristras de cebollas y ajos; en fin, todo lo que había en el galpón, menos las herramientas grandes, arado, rastra y otras cosas como los recados y aperos de los caballos. Todo, menos a Tifón, el perro. No fue posible hacerlo subir al camión. El se quedó. No se sabe qué hizo cuando el agua alcanzó el techo de la vivienda, pero supimos que vivió muchos años con unos vecinos, después que nos fuimos del pueblo.

Algunos datos de esa época: haz clic acá

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domingo, 24 de octubre de 2021

Cómo llegué a San Gregorio de Polanco

 

La historia comienza con un recuerdo vago y confuso. Una escena incompleta. Un jardín, un arbolito con flores. Lo veía muy cerca. Estaba en brazos de mi madrina, una anciana de cabellos muy blancos, que se encontraba de espaldas al arbolito. Recuerdo que no quería estar en sus brazos y lloraba. Con el correr de los años supe que esa imagen, confusa en mi recuerdo, era la despedida de la madrina, cuando mi familia se mudó a otro pueblo. 

Luego la memoria me devuelve otros recuerdos más nítidos.

Un día hermoso, muy luminoso. Me sentía cansada y no quería caminar. Pero no tenía otra opción, ya que mamá llevaba en brazos a mi hermana, bebé

Caminábamos cruzando campo, por un caminito muy estrecho. Llegamos a un alambrado, que separaba ese campo de un terreno en el que se encontraba mi padre. Venía al encuentro de la familia, sonriente y cariñoso. Esa imagen está muy clara y brillante en mi mente. El fulgor del día, la sonrisa de mi padre y el alivio por haber llegado. Me sentía muy cansada por el viaje y la caminata, que para mi corta edad (aún no tenía tres años) había sido mucha. Veníamos desde el sur. Viajamos muchas horas en tren, hasta la Estación Blanquillo. 


Luego, un viaje interminable en un ómnibus viejo, repleto de gente y bultos, por un camino terrible que hacía que el coche se moviera de forma insoportable. Mi cabeza daba vueltas, me sentía muy mal. Ya ni ganas de llorar tenía. Estaba muy incómoda, apretada entre mi hermano y mi madre que llevaba  en brazos a mi hermana.


Este camino terminaba casi dentro del agua. Ahí estaba el río Negro. Ese era el término del viaje. Pero, todavía había que cruzar. El ómnibus se deslizó sobre la balsa que nos transportaría hacia el otro lado, hacia San Gregorio de Polanco

Me sentía tan mal, que no tengo más recuerdos de ese momento, que un montón de gente al lado del ómnibus, sobre esa plataforma, y muchos bultos y valijas.


 De ahí en adelante, en una serie de imágenes bonitas y llenas de luz, como si siempre fuera primavera, surgen todos, o casi todos, mis primeros recuerdos. Se suceden en una serie hermosa, como en un álbum de fotografías tomadas en vacaciones.

Siempre la luz, el sol, la playa, el río. 

Ese río, que nunca más se borraría de mi mente, custodia todos los mejores momentos. Su recuerdo, en horas amargas y difíciles, es como un bálsamo que me ayuda y me da fuerzas para sobrellevar las cargas que la vida me ha deparado. Tiene en mi vida interior, una influencia mágica. En noches atormentadas de preocupaciones y desvelos, basta evocar momentos vividos a orillas del río, para que al instante, queden atrás los sinsabores de un día agitado. Al evocar la frescura de la brisa, el olor y el ruido del agua, el sueño reparador obra milagros en mi cuerpo cansado. En este pequeño pueblo, y a orillas de este río mágico, transcurrieron, quizás, los tres años más importantes de mi infancia.



 

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