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miércoles, 21 de septiembre de 2022

La taza de té

 

 

De pronto, Mónica despertó como ante el chasquido del hipnotizador. 

La realidad tomó forma en su mente. 

¡No! 

Fue una negativa rotunda. Tuvo que mantenerse firme ante la insistencia de Ignacio. Supo que le hería, pero debía ser fiel a su intuición. Su voz interior, esa que de continuo grita en su mente, era un verdadero alarido: ¡No!

Emergiendo, con los ojos abiertos, de una especie de sopor, miraba aquellos ojos encendidos que se acercaban peligrosos, anhelantes, apasionados, llenos, a su vez, de una gran ternura, y tomó conciencia de lo que realmente estaba pasando. 

Su vida, se había transformado en un desierto en el ámbito moroso. Parecía normal, pero en realidad, todos los aspectos de su existencia estaban marcados por ese gran vacío.

Ahora, Ignacio le confesaba su admiración. Le proponía vivir un romance. Era ésta una experiencia nueva. Sus días siempre iguales y chatos, adquirían un color especial y ese cosquilleo inquieto en el estómago, al saberse admirada, deseada, también era algo nuevo. Hacía ya tantos años que no experimentaba esta sensación, que soñó un poco con revivir o reactivar su vida emocional.

Él, a su vez, vivía una situación parecida en su relación matrimonial. Estas coincidencias, aún sin confesarlas, quizás, fue la afinidad que acercó sus almas. De inmediato se estableció un hilo de conexión especial entre ellos.

Pero para él fue algo que se hizo fuerte, se alimentó de todos los buenos momentos compartidos. Se fue convirtiendo en pasión, en la necesidad de vivirlo a pleno.

Ella, en cambio, ya habituada a esa soledad, llenaba su vida con todo tipo de tareas, los hijos, los nietos, trabajos para realizar en casa, que muchas veces traía de la oficina. No se permitía soñar con volver a enamorarse; ocupaba su mente como para aturdir los latidos de su sangre. De esta manera, según creía, tendría bajo control este tipo de situaciones.

Ahora, él sacudió su modorra, hablando de amor. Amor de amantes. Una palabra que muchas veces cruzó por su mente, como una forma de escape, de alivio al volcán contenido de deseos que era su vida íntima. Pero, así como lo pensaba, lo rechazaba. No creía en la posibilidad de volver a enamorarse. Pensaba que la relación física, para ser satisfactoria y completa, debía ser por amor y con amor. Por esta razón continuó con su vida llena de tareas, pero vacía del amor amante.

Entonces, trató de permitirse soñar, acercarse al abismo mismo de una relación prohibida, ardiente, secreta. Le fascinó la idea. Pero, más allá del razonamiento, más allá de reconocer que se merecía un tiempo de relax, de liberación, su corazón no podía latir por amor. No podría sentir o corresponder como él lo reclamaba o como lo necesitaba.

Entonces, dijo no. No, a soñar. No, a probar la miel que se le ofrecía. No, a abrazar ese otro cuerpo, anhelante y cálido que se acercaba en una verdadera ofrenda de amor. No, a experimentar el desafío final y vital de una tregua consigo misma. ¡No! Y cerró los ojos al amor. Esgrimió la mejor excusa: ambas familias. Los hijos, los nietos, ambos cónyuges, que no merecían algo así. Pero tampoco ellos merecían esa agonía, ese contener las ansias de esta forma, rígida, implacable.

El no insistió. Se sintió desmoronar. No esperaba el rechazo. Todo hacía pensar que se daría al fin, vía libre a la comprensión y el compartir un mismo sentimiento. Sin embargo, ella dijo: ¡No!

No se atrevió a dar un paso más. ¿Por qué? Y ¿por qué no? Porque comprendió que, desde su vida íntima, no sería sincera, no podría amarlo como él lo necesitaba. Solamente sería un juego. Se imaginó en un acto de entrega real y física, íntima, con su amigo y no pudo soportar la idea. No lo amaba, o al menos, no, como él quisiera. A pesar de apreciarlo con verdadero afecto, se trataba de un afecto de amigos, compañeros. 

Sentada ante la taza de té, con la mirada perdida en el movimiento pequeño del vapor que se eleva en espirales tenues, recuerda con ternura y al mismo tiempo con pena, buenos momentos compartidos.

 Hoy llueve. La mañana es gris, fría. Con la taza entre las manos, como si fuera un pajarillo con frío, piensa. ¿Qué pasó? ¿Cuál fue el instante exacto donde se rompió el hechizo?

Piensa. 

Por su mente pasan tantas palabras, miradas de comprensión. Recuerda frases enteras, gestos, sonrisas y hasta alguna lágrima surgida a través de la emoción de algún relato de vida intenso y dramático. No puede determinarlo con certeza.

Recuerda el instante en que Ignacio confesó sus sentimientos y dijo que desde mucho tiempo atrás vivía con la ilusión de hablar de su amor. Sintió ternura y agradecimiento hacia el amigo que era capaz de quererla así, al tiempo que no pudo evitar sentirse un poco defraudada. Difícil explicarlo. En medio del halago que significa saberse amada, admirada, le defraudaba saber que todo ese acercamiento, esa afinidad, la comprensión que había encontrado en él, en realidad escondía un sentimiento algo egoísta. Él confesó su amor, lleno de emoción y ternura, al tiempo que proponía vivir una aventura, una relación secreta, prohibida, todo fuego.

Esto fue un verdadero tornado. Su cabeza "trabajó a mil". No era fácil asimilar tal revelación. El no entendió por qué le impactó de tal forma su declaración de amor. Pero, había una gran diferencia con respecto a sus sentimientos. Mientras él vivía con su amor en silencio desde hacía mucho tiempo, ella tomaba conciencia recién de esta situación. No pasaba por su cabeza, no estaba en sus planes vivir un romance, tener una relación secreta, prohibida. Palabras, a su vez, que subían la adrenalina, era un desafío.

Pero cuando él arremetió decidido a obtener un sí, no pudo. No pudo verlo como un amante. No pudo; lo sigue viendo amigo, un buen compañero de horas amenas, de buenas charlas. Nunca pensó que él podría verla como una mujer hermosa. Y dijo NO.

Aun sabiendo que esa actitud le haría daño, tuvo que ser fiel a sí misma. Ahora recuerda la expresión de sus ojos incrédulos. 

No esperaba una negativa. Creía conocer a esa mujer; sabía de ella, quizás, más que tantas amigas de muchos años. Ya había vivido en sueños, minutos íntimos, cálidos, casi sabía el calor de su cuerpo, el temblor de sus labios, había imaginado hasta el último detalle con gestos y palabras, frases enteras dichas entre suspiros de pasión. Nunca, en sus fantasías, había preparado su corazón para el rechazo. Ese ejercicio mental que diariamente le reconfortaba el alma con palabras de amor, caricias y labios cálidos, no sirvió para apoyarlo cuando ella dijo no.

Sintió que se hundía en un hoyo profundo, cayendo en espirales vertiginosas, hacia la oscuridad. Deseó desaparecer. Había desnudado su alma, había quedado expuesto, dejando ver sus sentimientos más hondos, los que había guardado en silencio durante años.

¿Qué fue lo que lo impulsó a contarle lo que sentía? ¿Por qué no podía seguir amándola en silencio? ¿Por qué echó todo a perder? La miraba a los ojos y no se convencía que dijera que no. La había imaginado tantas veces rendida de amor en sus brazos, entregándole sus labios en un beso profundo y cálido, que le parecía que ésta era otra mujer, no su amada, la que le acompañaba cada noche en sueños. Esta mujer, era real y le miraba, también ella, sorprendida por su declaración.

Pero Mónica no había soñado con su amor, no había imaginado sus manos temblorosas de pasión, ni sus besos. Estaba serena, tierna como siempre, pero fría ante su requerimiento amoroso. Serena y segura, dijo no.

Con suavidad trató de explicar sus motivos. Casi con desesperación buscó en su corazón las mejores palabras y el argumento más convincente para apoyar su negativa. No quería herir a su amigo. Lo vio azorado, incrédulo, aún insistió una vez más, pero reforzó su negativa, colocando una mano en el pecho de él para impedir el acercamiento que pretendía, con expresión anhelante. ¡No! repitió una vez más. Hay cosas que no deben suceder; a veces no hay que dar el paso siguiente.

La taza de té se enfrió entre sus manos. Sus ojos mirando el vacío, veían una y otra vez los ojos de Ignacio.

El sonido del teléfono la devolvió a la realidad. Tardó algunos segundos en acudir a atender. Con el corazón latiendo fuerte, contestó. Una voz desconocida preguntaba por una de las hijas. Respondió de manera brusca, casi sin darse cuenta. Le molestó terriblemente que no fuera él quien llamara. ¿Por qué?

En su casa, él estuvo toda la mañana inquieto, nervioso, anhelante. Revisaba el celular a cada momento, esperando ver un mensaje de ella. Había pasado la noche casi en vela. Todo el tiempo revivía aquellos momentos, sus palabras, su rostro cuando intentó besarla. No podía borrar de su cabeza y de su corazón, aquel hecho. Se levantó varias veces en la noche; no quería que su esposa advirtiera ese desasosiego. No pudo evitarlo. Casi al alba durmió.

Al despertar, volvió la pesadilla a su mente. Si al menos se pudiera volver el tiempo atrás y corregir los errores. Si él pudiera volver atrás el reloj, no le diría nada y continuaría amándola en silencio y en secreto, como desde hacía tanto tiempo.

Pero ya lo dijo y no se puede borrar lo dicho. Un texto escrito se puede borrar, quemar, antes de ser leído. Pero lo dicho, queda ahí, ya no se puede quitar.

Con el celular en el bolsillo, tocándolo a cada rato, espera. Pasan las horas y nada.

Ella respeta el silencio. No quiere forzar la situación. Lo conoce. Cuando haya “lamido” sus heridas, volverá a llamar.

Tomó un sorbo del té ya frío desde hacía mucho rato. Lo imagina triste y preocupado, perdido un sueño. Sabe que sufre, conoce su sensibilidad. Recuerda sus manos intentando un abrazo y conteniendo el impulso ante su rechazo. Sabe que no fue fácil.

Ella también espera un mensaje, una llamada. Nada.

Otro sorbo de té, frío, amargo. Luego aparta la bandeja y comienza a escribir.

En su cabeza surgió la historia completa, con su ternura y con la tristeza de hoy. También intuye un final feliz, una manera de crear la historia de amor que no pudo ser.

¿Cómo se sigue una historia luego de un hecho así? ¿Cómo reanudar el diálogo?

              CAPITULO II

 


La vida transcurre con su ritmo constante y pausado. Nada hace que cambie su curso. Solamente, nosotros, apuramos el paso y queremos ir de prisa. Pero los hechos se suceden en el momento preestablecido para ello, y de forma inexorable nos sentimos frustrados en nuestras expectativas y nuestras ansias. De poco sirve correr si lo que ha de suceder mañana, no hay cómo adelantarlo. Eso es lo que nos angustia y nos desespera.

Parece que caminamos con los ojos vendados. Todos los acontecimientos están allí distribuidos a nuestro paso para verlos en el momento exacto. Pero mientras no llegamos al lugar y el tiempo justo, no podemos verlos, ni saber nada. Esa incógnita es a su vez, el incentivo que nos lleva a investigar y analizar todo.

A lo largo de la vida, a fuerza de luchar contra el tiempo, aprendemos a esperar. Aprendemos que de nada sirve correr, si no vamos a poder adelantar nada. Nada que suceda, será lo que no deba suceder. Todo está allí, sólo tenemos que sintonizar la frecuencia correcta, en el lugar y el momento preciso. Nada más. Pero esto lo comprendemos, a veces, tarde, y desgastamos las fuerzas tratando de apurar el paso, apurar los acontecimientos.

De esta forma, cuando no sabemos cómo seguir, cómo resolver tal o cual problema, sólo es cuestión de esperar. Dejar que el tiempo transcurra normalmente. Si la solución está en el camino, llegaremos a ella justo a tiempo. En la vida todo sucede en su momento exacto.               

Pasaron los días. En silencio cada uno idealizaba al otro. Él soñaba despierto todo el tiempo, y ella anhelaba revivir emociones viejas. Cerraba los ojos y soñaba con el calor de unos brazos que contuvieran su ternura, unos labios cálidos que le hicieran sentir emoción, sentir nuevamente en su cuerpo, el fuego de la pasión.



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