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sábado, 15 de abril de 2023

La consulta.

 


En la pequeña sala está todo listo. La lámpara sobre la mesita de la esquina alumbra sólo lo necesario; la música de fondo, suave, invita a la meditación o al menos, a la conversación franca.

Silva, acercó la silla, modificó un tanto la posición de las persianas y bajó un tono la música.

El timbre sonó puntual a las 17:00 horas. Abrió.

Ignacio se mostró sonriente, feliz del reencuentro con su terapeuta. Se veía nervioso. Se dirigió enseguida hacia el diván diciendo:

—Tengo muchas cosas para contarle "Doctora", pero no sé por dónde empezar.

—Sólo empiece por donde quiera, como pueda y de a poco se irá aclarando. Lo veo muy ansioso Ignacio. ¿Qué ha pasado en este tiempo?

—Sí. Me siento muy angustiado. Hay momentos en los que me echaría a llorar.

—Por lo que puedo ver, esta licencia no ha sido buena para usted.

—¡No! ¡Claro que no! Mi mejor amigo se suicidó. Eso no lo puedo entender. ¡Nunca lo entenderé! No sé por qué no habló conmigo. Teníamos buena confianza; él sabía mis problemas y yo los suyos. No sé qué pudo haberle pasado. Pienso y pienso y no encuentro una razón. 

—Generalmente, no se encuentran los motivos aparentes en estos hechos —dijo la Psicóloga— solo se pueden hacer conjeturas, pero nunca se llega al desencadenante de tal actitud. En casos así, rara vez el suicida lo habla con alguien. Quien toma esa decisión, lo hace de forma íntima, en soledad.

—A veces creo que tal vez él tuviera cosas para contarme, pero como cuando nos veíamos yo le contaba mis problemas, quizás no le di la atención que necesitaba —dijo Ignacio. —Me siento muy mal, me siento culpable porque tal vez en algún momento quiso contarme algo, y yo no le di la oportunidad de hablar. Tendría que haberlo escucharlo o quedarme a su lado en silencio, para darle la oportunidad de confiarme sus penas. Ahora lo recuerdo y me doy cuenta que cada vez que nos encontrábamos era yo quien hablaba, él me escuchaba y aconsejaba con tal paciencia y tan sabiamente como un padre. Pobre mi amigo, quién sabe cuántas veces necesitó mi apoyo y lo único que podía hacer era prestarme el suyo. ¡Qué egoísta he sido! ¿Cómo puedo aliviar esta culpa "Doctora"?

La Psicóloga escribía en su cuaderno cuanto contaba Ignacio. Levantó la vista. Lo miró. Él secaba unas lágrimas. 

—Si le hace bien llorar, tiene que hacerlo. Usted perdió un amigo que según me dijo, fue su mejor amigo. Tiene que llorarlo porque usted lo quiso mucho. No hay que reprimir el llanto ni sentir vergüenza por llorar. No debe culparse. Su amigo no contó sus problemas a nadie. Si usted era su mejor amigo y no le dijo nada, no fue porque usted no le diera la oportunidad. Si él hubiera querido contarle, lo hubiera hecho, no tenga dudas. Si a pesar de todo, siente que usted no hizo todo lo que hubiera querido por su amigo, no se castigue, perdónese. A veces debemos perdonarnos, porque no siempre sabemos actuar de la mejor forma. Perdonarse es muy sanador; uno se reconcilia consigo mismo.

—¿Cómo se hace eso?

—Desde el fondo de su corazón. Usted sabe que quiso mucho a su amigo y que si cometió un error fue de forma inconsciente. Es inocente. No hubo intención de no darle apoyo. Piense que quizás su amigo no quería ningún apoyo. Tal vez no lo habló con usted porque sabía que lo convencería y no le permitiría hacer lo que hizo.

—Sí, tal vez tenga razón. Si me hubiera contado, no lo hubiera dejado y me hubiera quedado a su lado el tiempo que fuera necesario.

Ahora no piense en lo que no hizo —dijo la Psicóloga— eso ya no se puede cambiar. Piense en todo lo bueno que vivieron, esos hechos que fueron creando ese vínculo que hace que usted diga que era su mejor amigo.

 Ignacio continuó largo rato contando cómo se conocieron en la escuela, cómo transcurrió la adolescencia. En una serie cada vez más espontánea surgían los recuerdos. Varias veces le embargó la emoción y se sacudió en llanto.

Transcurrida la hora, Silva le recomendó que para la próxima visita trajera una lista con las mejores anécdotas que recordara con su amigo.

Con un apretón de manos lo despidió en la puerta, como cada vez que finalizaba la consulta.

 Ignacio bajó la escalera que terminaba al fondo del corredor. Mientras caminaba por el pasillo rumbo a la puerta de salida, trataba de borrar las huellas del llanto, antes de salir a la calle.

—Me hace bien hablar con la "Doctora". En la próxima visita tengo que hablarle de Mónica. Necesito hablarlo con alguien. Ella me comprenderá.

Al llegar a la casa, su esposa, extrañada, le pregunta dónde estuvo toda la tarde. Él responde que había ido a la consulta con la Psicóloga.

—¿Otra vez? Hacía tiempo que no ibas. ¿Qué te pasó?

—Nada. O nada especial, pero sentí necesidad de hablar con alguien. Estoy angustiado, ella me escucha y aconseja. Me hace bien.

—Está bien. Si eso te sirve.

Ignacio volvió a sentirse solo. Los diálogos con su mujer son siempre así. Dos o tres frases y ella se desentiende del asunto. Ya no le interesa más nada. Él tiene necesidad de hablar de su amigo muerto. Tendría que hablar con Mónica. Ella lo escucha, lo mira a los ojos y sólo eso ya es suficiente para que se sienta bien. Muy bien. 

Mónica apareció en su vida un año antes, y desde entonces, es un hermoso calor en su sangre que sube al pecho y le ha devuelto la alegría de vivir. El día que supo que trabajaría con ella, sintió tocar el cielo con las manos, que, aunque sea una expresión gastada, sirve para ilustrar sus sentimientos. Ahora, todos los días tiene la oportunidad de verla. Están trabajando en un proyecto común. No importa el tiempo. A veces, puede estar dos o tres horas en su compañía. Aún no sabe cómo se lo dirá a la "Doctora", pero confía en que ella lo guiará, siempre le pasa igual, por difícil que sea lo que tiene para decir, al final, sale como de manera espontánea, y logra explicarse perfectamente. ¿Será que se explica bien, o que, a la "Doctora", con pocas palabras le es suficiente para entender de qué se trata? Ella le ayuda de manera increíble. 

Ahora, sentado en la biblioteca, en su casa, piensa y recuerda fragmentos de sus charlas con la terapeuta. Nunca ha tenido que explicar hasta el infinito sus problemas. Está seguro que en cuanto le refiera que ha encontrado una mujer que mueve sus fibras íntimas, que se siente vivo otra vez, y que se emociona al tomar sus manos, o al darle un beso, ella comprenderá. No hará preguntas.

 

miércoles, 12 de octubre de 2022

Una historia sin final (II)

 CAPITULO II

 En la casita de la playa.



Mónica ha ido en cada oportunidad que ha podido, hasta la casita de la playa. Cada vez que tiene una novela en manos, busca un momento de recogimiento y silencio. Con cuatro niños correteando que van y vienen por la casa en un movimiento continuo, es imposible tener un momento de concentración para poder escribir. Por eso, mientras ellos permanecen en la playa con su hermana, puede estar tranquila. Sabe que con Ana están mejor que con ella misma. Los cuatro quieren y respetan mucho a la tía. No le hacen travesuras y menos en el agua. Ana no les perdona, a la mínima desobediencia, "se termina la playa, vuelven a la casa y no hay más juegos. Ana sabe que Mónica está escribiendo y se ofrece a llevarlos a jugar un rato. Es un lugar precioso con la playa allí nomás. Puede verlos desde la ventana. Ana busca un lugar tranquilo, lejos de las rocas, donde puedan jugar sin riesgos. También están allí sus dos hijos, con edades muy similares a los suyos. Se llevan a las mil maravillas y se divierten. Se pierde en sus pensamientos mirando aquella playa. Hace tantos años, en su adolescencia venía con Andrés a este lugar, pasaban horas pintando o leyendo sus borradores, intercambiando ideas y definiendo personajes. Estuvo muy enamorada de él, pero nunca se lo dijo. Todavía recuerda su despedida en el aeropuerto cuando él viajó hacia Holanda, por trabajo. No pensó que se quedaría a vivir, que se casaría allá. Fue muy duro comprender que no la amaba como ella a él. Y como cada vez que piensa en Andrés, no puede evitar recordar aquella tarde. Hacía unos años que no se veían y él vino de visita para fin de año. Pasaron las fiestas juntos, en familia. Pero lo que se ha quedado a fuego en su recuerdo es aquella tarde en esa playa. Allí se amaron por única vez. Esa tarde cada uno supo cómo se sentían las manos del otro sobre su piel, cómo sabían sus besos, miles, muchos, muchos. No se dijeron “te amo”. No era necesario. Ella lo amó desde la adolescencia y pensó que él sentía lo mismo. Por eso, al enterarse que se casó en Holanda después de aquel viaje a Uruguay, no podía entenderlo. No entendía, hasta el día de hoy, por qué la besó y por qué hizo el amor con ella, si sabía que no volvería y que se casaría allá. Cada vez que recuerda aquel momento íntimo, irrepetible, no puede evitar sentir que fue humillada. Aquella playa, guarda en su paisaje, de alguna manera, la esencia de aquél día. Desde la ventana, mientras mira a sus hijos que juegan con los primos, piensa cómo hubiera sido su vida, si él no se hubiera ido y si hubieran podido amarse, estar juntos hasta hoy. De pronto se retira algo turbada, no debe pensar eso. No tiene sentido. Mira el escritorio. Vuelve al trabajo. Se sienta y relee lo escrito. De pronto, esta historia que cuenta ha perdido sentido. Respira profundo varias veces y se dispone a continuar. Se queda, no obstante, varios minutos estática ante el texto a medio escribir, quizás ordena pensamientos. Pone las manos sobre el teclado, pero permanece inmóvil. La saca de este estado el ruido de las voces y risas de los niños que vuelven. No aprovechó el tiempo que estuvieron en la playa. Se perdió en sus pensamientos y recuerdos. En fin. Algún día plasmará esa historia de amor en una novela. Pero cada vez que lo intenta, la emoción es muy fuerte y comprende que aún no ha tomado distancia del tema como para poder escribir con objetividad. Durante mucho tiempo lo extrañó. Echaba de menos, esos ratos que compartía con Andrés, cuando bajaban por el camino hacia esta misma playa y allí sobre las rocas colocaban sus caballetes y pasaban horas pintando, muchas veces, sin hablar, cada uno inmerso en su bastidor. 
La vida continuó su curso. También se casó, vinieron los hijos y volcó su empeño en sacarlos adelante. Un esfuerzo casi sin el apoyo de su marido. Un tipo indiferente a las necesidades de la casa y la familia. Ella es quien lleva toda la tarea. También se ocupa de lo que concierne a la atención y educación de los hijos. Él no participa en nada. Cada vez que hay que llevarlos al médico, al dentista, es ella quien se ocupa. Muchas son las oportunidades en que Mónica se pregunta por qué sigue casada con él. Y razona que no es malo, es trabajador y lo que gana lo deja en los gastos domésticos. Pero ella no puede contar con él para paseos, salidas de grupo, acompañarlos a la escuela, asistir a las fiestas o actividades escolares. Incluso cuando tuvo la presentación de su primera novela, que para ella fue un acontecimiento importantísimo, tampoco él asistió. Adujo que no entendía de esos temas, que se sentiría fuera de lugar. Otras veces dice que no quiere ir, o que tiene que reunirse con los amigos. Esas reuniones son en el bar. En varias oportunidades ha vuelto de allí, borracho. Ella ha tratado de minimizar la situación ante los hijos que por suerte todavía son pequeños y no prestan atención. En varias oportunidades le ha contado estos hechos a Susana, su amiga, quien le ha dicho que está muy claro que Augusto es alcohólico. Que debería buscar ayuda y tratar de salir de esa situación. Ha mencionado la posibilidad de divorcio. Mónica ha rechazado esa idea porque cree que no es para tanto, que él cambiará. Y en alguna oportunidad ha hablado claro con él, ofreciéndose para acompañarlo para tener alguna consulta médica, en busca de una cura para ese problema que ya se vislumbra. Él dice que no es alcohólico y que toma alguna copa con los amigos, nada más, le quita dramatismo al asunto. Ella respira resignada y se vuelca en su trabajo.

Su hermana, también le ha hablado de la posibilidad de un divorcio.  ¿Nunca pensaste en divorciarte? —dijo un día en que Mónica le contaba lo que pasaba con Augusto. Pero cada vez que lo veía llegar borracho, lo pensaba un instante y de inmediato lo rechazaba, segura de que hablaría con él cuando estuviera sobrio, lo entendería y buscaría ayuda. Cada vez que trató de hablarlo, él le restó importancia y prometía que ya no pasaría.

Sale de estas cavilaciones y empieza a ayudar a Ana que ya se dispone a preparar la mesa. Los niños están jubilosos de estar juntos y tienen tema de conversación para rato. Las hermanas acomodan sus sillas, apretadas entre ellos y la comida transcurre en un ambiente alegre y distendido. Ambas, se han ayudado siempre. Han sido muy unidas. Cada una sabe los problemas y necesidades de la otra. Entre ellas no hay secretos. Luego de la comida, ambas se encargan de recoger la mesa, los niños lavan los platos y guardan. Con ese trabajo en equipo la tarea fue apenas unos minutos. Luego, se van a jugar al patio exterior bajo los árboles. Las hermanas, se sientan a tomar un café.

—¿Pudiste aprovechar un rato para escribir? —preguntó Ana.

—No, casi nada. Es decir, nada. Me puse a mirar por la ventana y “me fui”. Cuando estoy acá recuerdo tanto a Andrés. Creo que sigo amándolo. No he podido olvidarme de él.

—Hace tanto tiempo que pasó aquello que ya deberías haberlo quitado de tu cabeza —dice Ana.

—Si... de mi cabeza, pero de mi corazón no lo he logrado. No he tenido más noticias que las que me ha contado su madre cada vez que nos vemos. Tiene dos hijos y está muy bien en Holanda. Se casó con una chica uruguaya y por lo visto es feliz. Está mal que lo diga, pero eso me da rabia, me da celos. No tiene sentido que diga esto, pero es lo que siento. Ella tuvo más suerte que yo. Logró casarse con él. Yo lo quise toda la vida y él solo me veía como una amiga.

—¿Estás segura que sólo como amiga?   —Dice Ana.  —¿Cómo explicas lo que pasó aquel día en esta playa?

—Muchas veces le he buscado una explicación, pero no lo entiendo. Después de esa visita, enseguida se casó, está claro que ya tenía la novia en Holanda.


sábado, 8 de octubre de 2022

Una historia sin final (V)

 CAPITULO V

El broche de nácar.



Han pasado los años. Los chicos ya son mayores y viven solos en la ciudad.

Sandra habla con su psicoterapeuta.

—Hace unos días, al volver a casa, luego de hacer unas compras, escuché voces y risas en el taller. Sabía que Andrés estaba pintando, pero me sorprendió que no estuviera solo. Es más, pensé que serían los chicos que habrían venido de visitaNo eran ellos. Era Mónica, su amiga de toda la vida. Cuando entré al taller, ambos observaban de cerca el lienzo que estaba en el caballete y hablaban con entusiasmo sobre alguna técnica. Desde la puerta los veía de espaldas, ella tenía el pelo recogido en una media cola con un broche de nácar con forma de mariposa; cada uno con un pincel en la mano señalaba el borde superior derecho del trabajo. Andrés explicaba y Mónica hacía movimientos sin tocar el lienzo. Entendí que allí había algo muy profundo, había una comprensión, una sintonía especial. No me oyeron entrar. Intenté hablar por encima del entusiasmo de ambos y justo en ese momento, ellos estallaron en risas y se confundieron en un abrazo apretado. Andrés levantó la vista, me vio. Se apresuró a soltar a Mónica y a presentármela, un poco tenso. Ella saludó con afecto, como si me conociera de mucho tiempo; me sorprendió porque no esperaba un saludo tan cálido. Traté de mostrarme amable, esforzándome por ser atenta y demostrar interés en la conversación. Es una mujer de aspecto muy seguro, aparenta tener unos sesenta años o más. Se ve arreglada, viste con buen gusto y es de trato alegre y ameno. Más tarde le mostré el jardín, el pequeño invernadero y conversamos largo rato sobre plantas y flores. Por momentos pensaba que la conocía de antes. De pronto ella miró el reloj y dijo que se tenía que ir. Andrés insistía para que se quedara a almorzar, pero ella declinó, y prometió que lo haría otro día. Al despedirse abrazó a Andrés como supongo que lo haría en sus épocas de adolescentes. El respondió con la misma efusividad, sin preocuparse de que yo lo observaba. Mónica se despidió de mí, también con un abrazo muy afectuoso, y me invitó a su casa.

—Tienes que ir un día de estos, a mi casa. —Dijo. —Verás las flores que cultivo, te van a encantar y puedes traer las que quieras para plantar aquí.

Agradecí, con sinceridad. Estaba, en cierta forma, cautivada por esa mujer. Es más, hasta por momentos me sentí mal, por tener pensamientos de desconfianza hacia ella. Es una buena amiga de toda la vida, me dije. Pero, aun así, me pone mal ver esa complicidad con Andrés, que yo, con tantos años de matrimonio, no he logrado. Cuando lo veo pintar, me parece un extraño, no conozco esa persona, siento que es alguien distinto y lejano. Es una sensación muy rara, porque desde que lo conocí, hace ya cuarenta años, lo he visto pintar casi a diario. Sé que me dirás que ya hemos trabajado sobre el tema de los celos. Lo entiendo. Los celos son sin fundamentos, se basan y crecen en lo que suponemos y no en lo que es la realidad. Lo sé. Pero no puedo dejar de sentirlo. De manera intelectual, lo comprendo, pero la emoción dice lo contrario. Bueno. El caso es que ahora, Mónica vive cerca, alquiló un pequeño apartamento a unos dos kilómetros de nuestra casa y la encontrarnos con frecuencia en el supermercado, o viene con un bosquejo para discutirlo con Andrés. Cada vez que ha venido a casa, trae algo para mí. Una vez, una planta, otra vez una mermelada casera, otro día un pequeño mantel pintado a mano. En fin, me demuestra empatía. Y me quedo “fuera de lugar”, porque no puedo corresponder con la misma amabilidad. Conversamos de cualquier cosa durante un rato, pero, como ella viene para hablar con Andrés, la dejo en el taller y me retiro. Es decir, me quedo un rato, miro lo que hacen, pero son temas que ellos entienden y yo no, por lo que opto por retirarme.

—Sandra —dice la psicóloga —en todos estos años Andrés no te ha dado motivos para creer que te pueda ser infiel. ¿Comprendes que esos fantasmas están sólo en tu imaginación? Hemos hablado muchas veces cómo actúan los celos en una relación de pareja. Lo hemos trabajado, sabes que te hacen ver las cosas más inverosímiles, como reales.

—Sí, lo sé. Necesitaba contarte lo que me pasa con Mónica. La observo y no encuentro nada que me haga pensar que entre ellos haya algo pecaminoso. Pero no puedo confiar en ella. A veces pienso que es mi intuición la que me advierte y me alerta. Y otras tantas, yo misma me recrimino por no poder alejar esos fantasmas de mi cabeza.

Luego de la sesión con la psicóloga, Sandra vuelve a su casa, a pie. A pesar que la consulta está a más de tres kilómetros, es una forma de distenderse y pensar en el asunto,  más tranquila. No obstante, se da cuenta que, de manera casi inconsciente, busca el parecido de Mónica con las mujeres de los cuadros que ha pintado Andrés y no puede asociar ningún rasgo parecido. Mientras camina, logra calmarse y asimilar los consejos de la psicóloga. De pronto, surge en su memoria, el broche de Mónica. Ese peinado con ese broche, lo ha visto en alguno de sus cuadros, y una mariposa en varias de sus pinturas aparece de una forma u otra. 

Ya en la casa, están sus hijos que acaban de llegar y charlan alegres con su padre. Esto hace que no vuelva a pensar en el tema. El resto de la tarde transcurre en un ambiente alegre y distendido.


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