En la pequeña sala está todo listo. La lámpara sobre la mesita de la esquina alumbra sólo lo necesario; la música de fondo, suave, invita a la meditación o al menos, a la conversación franca.
Silva, acercó la silla, modificó un tanto la
posición de las persianas y bajó un tono la música.
El timbre sonó puntual a las 17:00 horas. Abrió.
Ignacio se mostró sonriente, feliz del
reencuentro con su terapeuta. Se veía nervioso. Se dirigió enseguida hacia el diván diciendo:
—Tengo muchas cosas para contarle "Doctora", pero no sé por
dónde empezar.
—Sólo empiece por donde quiera, como pueda y de a poco se irá
aclarando. Lo veo muy ansioso Ignacio. ¿Qué ha pasado en este tiempo?
—Sí. Me siento muy angustiado. Hay momentos en los que me
echaría a llorar.
—Por lo que puedo ver, esta licencia no ha sido buena para
usted.
—¡No! ¡Claro que no! Mi mejor amigo se suicidó. Eso no lo puedo entender. ¡Nunca lo entenderé! No sé por qué no habló conmigo. Teníamos buena confianza; él sabía mis problemas y yo los suyos. No sé qué pudo haberle pasado. Pienso y pienso y no encuentro una razón.
—Generalmente, no se encuentran los motivos aparentes en estos hechos —dijo la Psicóloga— solo se pueden hacer conjeturas, pero nunca se llega al desencadenante de tal actitud. En casos así, rara vez el suicida lo habla con alguien. Quien toma esa decisión, lo hace de forma íntima, en soledad.
—A veces creo que tal vez él
tuviera cosas para contarme, pero como cuando nos veíamos yo le contaba mis
problemas, quizás no le di la atención que necesitaba —dijo Ignacio. —Me siento muy mal, me
siento culpable porque tal vez en algún momento quiso contarme algo, y yo no le di la oportunidad de hablar. Tendría que haberlo escucharlo o quedarme a su lado en silencio, para
darle la oportunidad de confiarme sus penas. Ahora lo recuerdo y me doy cuenta
que cada vez que nos encontrábamos era yo quien hablaba, él me escuchaba y aconsejaba
con tal paciencia y tan sabiamente como un padre. Pobre mi amigo, quién sabe
cuántas veces necesitó mi apoyo y lo único que podía hacer era prestarme el
suyo. ¡Qué egoísta he sido! ¿Cómo puedo aliviar esta culpa "Doctora"?
La Psicóloga escribía en su cuaderno cuanto contaba Ignacio. Levantó la vista. Lo miró. Él secaba unas lágrimas.
—Si le hace bien llorar, tiene que hacerlo. Usted perdió un
amigo que según me dijo, fue su mejor amigo. Tiene que llorarlo porque usted lo quiso
mucho. No hay que reprimir el llanto ni sentir vergüenza por llorar.
No debe culparse. Su amigo no contó sus problemas a nadie. Si usted era su
mejor amigo y no le dijo nada, no fue porque usted no le diera la oportunidad. Si él
hubiera querido contarle, lo hubiera hecho, no tenga dudas. Si a pesar
de todo, siente que usted no hizo todo lo que hubiera querido por su amigo, no
se castigue, perdónese. A veces debemos perdonarnos, porque no siempre
sabemos actuar de la mejor forma. Perdonarse es muy sanador; uno se reconcilia
consigo mismo.
—¿Cómo se hace eso?
—Desde el fondo de su corazón. Usted sabe que quiso mucho a
su amigo y que si cometió un error fue de forma inconsciente. Es inocente. No hubo intención de no darle apoyo. Piense que
quizás su amigo no quería ningún apoyo. Tal vez no lo habló con usted porque
sabía que lo convencería y no le permitiría hacer lo que hizo.
—Sí, tal vez tenga razón. Si me hubiera contado, no lo
hubiera dejado y me hubiera quedado a su lado el tiempo que fuera necesario.
—Ahora no piense en lo que no hizo —dijo la Psicóloga— eso ya no se puede
cambiar. Piense en todo lo bueno que vivieron, esos hechos que fueron creando
ese vínculo que hace que usted diga que era su mejor amigo.
Ignacio continuó largo rato contando cómo se
conocieron en la escuela, cómo transcurrió la adolescencia. En una serie cada
vez más espontánea surgían los recuerdos. Varias veces le embargó la emoción y
se sacudió en llanto.
Transcurrida la hora, Silva le recomendó que para la
próxima visita trajera una lista con las mejores anécdotas que recordara con su amigo.
Con un apretón de manos lo despidió en la puerta, como cada
vez que finalizaba la consulta.
Ignacio bajó la escalera que terminaba al
fondo del corredor. Mientras caminaba por el pasillo rumbo a la puerta de
salida, trataba de borrar las huellas del llanto, antes de salir a la calle.
—Me hace bien hablar con la "Doctora". En la próxima visita tengo que hablarle de Mónica. Necesito hablarlo con alguien. Ella me comprenderá.
Al llegar a la casa, su esposa, extrañada, le pregunta dónde
estuvo toda la tarde. Él responde que había ido a la consulta con la Psicóloga.
—¿Otra vez? Hacía tiempo que no ibas. ¿Qué te pasó?
—Nada. O nada especial, pero sentí necesidad de hablar con
alguien. Estoy angustiado, ella me escucha y aconseja. Me hace bien.
—Está bien. Si eso te sirve.
Ignacio volvió a sentirse solo. Los diálogos con su mujer son siempre así. Dos o tres frases y ella se desentiende del asunto. Ya no le interesa más nada. Él tiene necesidad de hablar de su amigo muerto. Tendría que hablar con Mónica. Ella lo escucha, lo mira a los ojos y sólo eso ya es suficiente para que se sienta bien. Muy bien.
Mónica apareció en su vida un año antes, y desde entonces, es un hermoso calor en su sangre que sube al pecho y le ha devuelto la alegría de vivir. El día que supo que trabajaría con ella, sintió tocar el cielo con las manos, que, aunque sea una expresión gastada, sirve para ilustrar sus sentimientos. Ahora, todos los días tiene la oportunidad de verla. Están trabajando en un proyecto común. No importa el tiempo. A veces, puede estar dos o tres horas en su compañía. Aún no sabe cómo se lo dirá a la "Doctora", pero confía en que ella lo guiará, siempre le pasa igual, por difícil que sea lo que tiene para decir, al final, sale como de manera espontánea, y logra explicarse perfectamente. ¿Será que se explica bien, o que, a la "Doctora", con pocas palabras le es suficiente para entender de qué se trata? Ella le ayuda de manera increíble.
Ahora, sentado en la biblioteca, en su casa, piensa y recuerda
fragmentos de sus charlas con la terapeuta. Nunca ha tenido que explicar hasta
el infinito sus problemas. Está seguro que en cuanto le refiera que ha
encontrado una mujer que mueve sus fibras íntimas, que se siente vivo otra vez, y que se emociona al tomar sus manos, o al darle un beso, ella
comprenderá. No hará preguntas.