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viernes, 14 de octubre de 2022

Una historia sin final (I)

 CAPITULO I



Preparando el regreso

            Mientras prepara el lienzo en el caballete, Andrés ya tiene en mente toda la imagen que allí plasmará. En la mesa, muy cerca, al alcance de la mano está todo dispuesto. Un florero de loza y otros recipientes repletos de pinceles de varios tamaños. Frascos y pomos de colores en grandes cantidades. Se respira en el ambiente el olor de las pinturas y barnices. Existe allí una especie de desorden con cierto sentido, aunque esto parezca incoherente. En un rincón, un escritorio con varios libros y cuadernos apilados, sin aparente orden. Una computadora, una impresora en una mesita auxiliar. En una estantería dispuesta en la pared contigua al escritorio, muchos libros bien ordenados y una antigua máquina de escribir mecánica. En el estante más bajo, varias cajas de diferentes tamaños, con etiquetas. Cerca de la ventana abierta de par en par, un sillón con el tapizado bastante viejo y gastado; una lámpara de pie, colocada casi tocando una pequeña mesa redonda con patas largas que tiene encima un enorme libro “gordo” que casi la cubre. Una música suave llena el lugar, invita a la calma. Andrés acerca un taburete alto y se encarama en él con un pincel ancho y chato en una mano y en la otra un gran pomo blanco. Mira absorto un rato el lienzo y de pronto comienza a dar fuertes pinceladas blancas.

Llegó a Holanda hace unos quince años. Trabaja duro en una fábrica donde su amigo de la infancia es encargado de personal. Este fue el primero de sus amigos en emigrar y también, quien lo convenció para que viajara a este país aunque solo fuera para conocer. Tanto le gustó que se quedó a vivir. Unos años más tarde, se casó y tuvo dos hijos. Pero, aun así, no puede evitar ese desasosiego que le invade cada poco tiempo, con una sensación de vacío que no logra explicar. Es un hombre corpulento y alto, de cabellos blancos, a pesar de su juventud. Esto le da aspecto de mayor. Su esposa, Sandra, dice que eso le da una apariencia muy interesante. Y como a ella le gusta ese aspecto de su marido cree que a todas las mujeres que se le acercan por cualquier motivo, también les gusta y se pone muy celosa.

Comienza a cubrir su lienzo con ese color base. Luego de un rato se detiene y permanece varios minutos mirando nada. Cada vez que se pierde en esos pensamientos, vuelve a sentir la necesidad de regresar. Ya hace un tiempo que lo viene pensando. No sabe cómo decirle a Sandra. Piensa que ella no querrá regresar. A pesar de que sus hijos son holandeses, quiere llevarlos a su país, quiere que crezcan en Uruguay. Hay momentos en que no soporta la distancia, la nostalgia. Echa de menos hasta los más insignificantes detalles. Imagina cómo plantear el tema para convencer a Sandra. A su vez, comprende que no debe dejar pasar mucho tiempo. Es necesario hacerlo mientras los niños son pequeños. Después, ya mayores, no querrán irse.

Sandra es una mujer de rasgos delicados, figura pequeña y delgada. Se dirige al taller para avisarle que el almuerzo está listo. Se detiene al verlo absorto ante el caballete. Duda un instante, sabe que puede cortar ese hilo de inspiración que nunca entenderá. En ese momento él se acomoda en el taburete y apoya sus manos en las rodillas. Parece que se va a quedar así para siempre.

—El almuerzo está listo, amor —dice ella sin levantar la voz.

Andrés se vuelve.

—Pasa —dice —estaba pensando en ti.

Esto le encantó. Cada vez que lo ve frente a un lienzo, sabe que no piensa en ella.

—¿En mi...?

—Sí. Ven. Siéntate —dice al tiempo que le indica otro taburete.

—¿Pasa algo, amor? Te veo preocupado.

—Lo estoy. Pero no me pasa nada. Es que hace tiempo que quiero hablar algo contigo, pero no sé cómo lo vas a tomar.

—Dime. No me asustes.

—No es para asustarse. Es que... verás... Estoy pensando en volver a Uruguay. ¿Qué te parece a ti?

—¿Qué me parece? ¿Que, qué me parece? —dice ella casi gritando y riendo al mismo tiempo.

—Si.

—Me parece lo máximo. ¿Sabes cómo extraño yo nuestro mundito de allá?

—¡Ah! Me has dado una alegría. No me animaba a decírtelo por temor a que no quisieras volver. Además, deberíamos hacerlo ahora que los niños son pequeños todavía, porque cuando sean más grandes, tendrán más amigos, sus estudios, alguna novia y esas cosas, no querrán irse y nos tendríamos que quedar para siempre. Y no me veo envejeciendo lejos de mi país. Aunque esto parezca una tontería de retrógrados.

—Te entiendo y me encanta que me lo hayas dicho. ¿Cuándo crees que podríamos irnos?

—Esperaríamos que ellos terminen el año y nos iríamos en las vacaciones de verano. A ellos les va a encantar porque vamos a llegar allá en julio o agosto. Y no empezarán las clases hasta marzo. Ese tiempo lo utilizaremos en pasear un poco y enseñarles nuestro país. Y con el idioma no tendrán problema porque lo hablan en casa y en la escuela tienen clase de español. Verás que estarán encantados. Ya les hemos hablado tanto del Uruguay que casi lo conocen y les va a hacer mucha ilusión ir.

Desde ese momento empezaron a arreglar sus cosas y a vender lo que se pudiera, con tiempo. Poco a poco la casa se fue llenando de cajas que se iban ordenando etiquetadas, algunas eran para vender, otras para llevar con ellos y otras serían donadas. Al revés de lo que pudiera pensarse, ninguno de los dos tuvo dudas al desprenderse de tantos elementos que en varios años fueron acumulando en su casa en Holanda. Una tarde en que estaban guardando cosas del taller y de la casa, Sandra dijo:

—¿Sabes? Es muy raro, pero no me apena dejar nada de esto. En cambio, cuando decidí venirme a Holanda, era muy jovencita y a pesar de que tenía muchas ilusiones, pensaba estudiar y aprovechar otras oportunidades que allá no tenía, me costó mucho dejar mis cosas. Preparé varias cajas y le pedí a mi madre que me las guardara y no las regalara a nadie. Sabía que algún día volvería. Estoy segura que aún deben estar en casa de mis padres.

Y a partir de ese día Sandra tomó la hora de la mañana, en que los chicos estaban en la escuela, para ir organizando libros, ropas que no llevarían, juguetes que ya no utilizaban.

Transcurrían los días. Al mismo tiempo, el cuadro de Andrés iba tomando forma. Esa mañana, mientras él estaba en la fábrica, Sandra entró al taller para guardar libros en cajas que tenía etiquetadas a tal fin. Estuvo un rato en esa tarea. Después, se detuvo mirando el cuadro que permanecía cubierto por una tela de color azul. Andrés los mantenía así hasta que estaban terminados, listos para vender o exponer. Miró la hora en el reloj de la pared sobre el escritorio y comprobó que aún faltaba un buen rato para que él volviera. Se dirigió decidida hacia el cuadro y levantó la tela que lo cubría. Estaba hermoso, pero ella no valoraba eso. Sólo veía la silueta de una mujer que casi oculta detrás del follaje otoñal que, entre dorados, amarillos y ocres, llenaba casi la mitad del lienzo; la figura central de la escena era una mariposa que copiaba los colores casi exactos del árbol, mientras las hojas que caían, salpicaban un fondo de flores de distintos colores. Esto se destacaba sobre el cielo de un azul intenso. Sandra sintió que odiaba a esa mujer que casi oculta, dejaba ver un solo ojo que observaba muy abierto a la mariposa. Grandes hojas amarillas ocultaban en parte su rostro y el vestido blanco con algunos detalles en rosados y lilas. Hermosa. La odiaba más. Su marido pintaba en casi todos sus cuadros una mujer que no se parecía a ella. Eso la hacía sentir muy mal. ¿Por qué él no pintaba su imagen? ¿Es que esa mujer era alguien de su pasado? Esto le preocupaba y muchas veces lo había hablado con su mejor amiga, Rosario, quien a su vez, como sicóloga, le explicaba que los artistas pintan sus fantasías, son creativos.

—No significa que esa figura sea alguien especial —había dicho. —No te angusties, no es nada. Es más, es posible que esa figura femenina que con frecuencia aparece en sus cuadros, sea la personificación de “lo femenino” sin ser nada específico. Andrés te quiere. Confía en él.

Pero a pesar de todos sus consejos durante tanto tiempo, no había logrado dominar sus celos. Tomó el celular y le envió una foto del cuadro a Rosario. Casi al instante sonó el teléfono. Rosario se oía entusiasmada.

—Bellísimo, amiga. No me digas que no ves la belleza de ese cuadro. Es que Andrés es genial. Me encanta.

—Ya sé que está lindo. Pero me pone enferma ver esa figura de mujer en sus cuadros.

—Olvídalo. Y por favor, aprecia el talento de tu marido, Sandra. Es hermoso ese cuadro. Lo venderá enseguida.

Habló largo rato con Rosario, hasta que sintió el ruido del coche que entraba al jardín. Apenas tuvo tiempo de cortar la llamada, cubrir el cuadro y reanudar la tarea de acomodar los libros.

Andrés traía un gran rollo de papel de embalar. 

—Hola. —Tierno, como de costumbre, la saludó con un beso en la mejilla y dejó el rollo sobre la mesa.

—Tengo casi vendido ese cuadro. Apenas lo terminé, le mandé una foto a Rodolfo, el de la Galería y me lo ha pedido. Dice que ya tiene un comprador. Así que este ya se va fresquito. ¿Quieres verlo?

—Claro.

Destapó el cuadro y se quedó mirándolo. Ella trató de demostrar admiración, aunque sus palabras no sonaron muy convincentes. Pero Andrés sabía que no comprendía su arte y que tenía celos de “sus mujeres”. Entonces hablaba sin prestar atención a la sonrisa forzada de Sandra. Después la abrazó y dijo con ternura:

—Tranquila. “Esta” ya se va, y nos traerá unos cuantos dólares.

Su risa despreocupada no pareció convencer a Sandra que miraba el cuadro con recelo. Era algo que escapaba a su voluntad. No podía evitar ese sentimiento de inseguridad que le producían las imágenes femeninas que pintaba su marido. Buscaba algún parecido a sí misma en esos cuadros y no lo encontraba. ¿Por qué no la pintaba a ella, o al menos, alguien que se le pareciera, aunque tan solo fuera en algún rasgo? No lo entendía y eso le producía un gran desasosiego.

Cada vez que Andrés la abrazaba cariñoso, se tranquilizaba, pero en su interior quedaba igual esa sensación desagradable, como de no ser ni siquiera digna de un cuadro. Rosario le había dicho que, por lo general, los artistas pintan fantasías, y no todos hacen retratos. Es muy común que tengan un tema recurrente como es el caso de Andrés, en los que en muchos de sus cuadros aparece una figura femenina, que no siempre es igual y se lo ha dicho hasta el cansancio. No es la misma mujer. Es más, muchas veces no se le ve el rostro porque, o está oculta, apenas insinuada como en este, o se encuentra de espaldas o de perfil donde el rostro no es identificable y son obras de gran belleza y encanto. Además, se venden muy bien. Se esfuerza en ver la belleza en ese cuadro. Es hermoso y la imagen que se insinúa detrás de todas esas hojas de otoño que caen, plasma una bella mujer. Se dice a sí misma que es hermoso y que se venderá enseguida. Esto la tranquiliza. La idea de ya no tener que verla, en cierta forma, le reconforta con una sensación casi de triunfo sobre la figura que pronto tendrá que irse, mientras ella se quedará con Andrés.

martes, 11 de octubre de 2022

Una historia sin final (III)

 CAPITULO III

Una visita inesperada. A poco tiempo del regreso


Para Andrés y su familia, regresar fue muy fácil. Llegaron a Uruguay en pleno invierno, a mediados de julio. En Holanda empezaron las vacaciones de verano. Tal como lo habían planeado desde el primer momento, en cuanto empezaron las vacaciones, empacaron sus cosas y partieron. La alegría de los niños era indescriptible. Ya sabían muchas cosas de Uruguay a través del relato de sus padres, por lo que la curiosidad por ver todas esas maravillas que ellos contaban, los llenaba de entusiasmo. Ya habían alquilado un apartamento en Montevideo para el primer momento. Luego buscarían con calma un buen lugar para comprar una casa. En el aeropuerto los esperaban los padres de Andrés y de Sandra. Se dirigieron en primer momento a la casa de los padres de Sandra que contaba con mucho espacio y grandes patios para los niños jugar. Se quedarían unos días con ellos para que los abuelos disfrutaran también de sus nietos, antes de ubicarse en el apartamento de Montevideo.

Andrés se puso en contacto enseguida con sus antiguos compañeros, quienes organizaron un asado en casa de Carlos, otro de los amigos de toda la vida, quien a su vez es hermano de Mónica. Ella fue un amor secreto de su juventud. Amiga de todas las horas, compañera de lecturas y con quien compartía horas de pinturas y charlas interminables, hasta antes de irse del país. Ahí, en esa reunión de amigos, ya le ofrecieron trabajar en una empresa en la que trabajaba Carlos y dos de los otros muchachos. Según ellos, faltaban choferes. Andrés ya se había desempeñado como Chofer en la misma empresa antes de irse, así que fue muy fácil reinsertarse al trabajo.

Habían pasado algunos meses desde que empezó en la empresa. En uno de los viajes lo enviaron a La Ciudad de la Costa. Cuando entró en la zona, tuvo la necesidad de verla.

Y apareció en su puerta como la cosa más natural.

Hacía muchos años que no se veían. Mónica sabía algo de él, por lo que su madre le contaba en sus conversaciones. Pero no sabía que había regresado.

Andrés aparece en la casa de Mónica con cualquier excusa. No importa “iba de paso y llegué a saludar”. Apenas unos minutos, dice que no puede detenerse mucho, que lo esperan, que está trabajando.

—¿Estás trabajando?  —pregunta Mónica. —¿Volviste al país?  

—Sí. Ya hace unos meses que nos vinimos. Antes de que los chicos sean adolescentes, que es una edad en la que es más difícil separarlos de sus amigos y sus estudios. Llega un momento que a pesar de que se vive bien, la nostalgia te carcome el alma y tienes que regresar antes que te enfermes.

Es un momento precioso para los dos. Se abrazan con el cariño de siempre. Se miran a los ojos un instante y ambos saben que no olvidaron. Esos pocos minutos son suficientes para reactivar la emoción en su corazón. Fue una visita muy breve. Andrés se va con una tibieza muy agradable en el pecho. Siente que sigue vivo, que es capaz de experimentar ese cosquilleo en el estómago. ¡Ah, cómo le gusta esa mujer! No ha podido olvidarla. Recurre a este recuerdo que ha tratado de guardar con lujo de detalles en su memoria, cada vez que queda solo y en silencio. Rememora cada detalle, podría decir qué tenía puesto, cómo eran sus zapatos, sus manos, su peinado, su ropa, su perfume. Grabó todo para poder utilizarlo en su soledad, como un verdadero bálsamo que calmará su angustia.

Regresa a la casa a la hora acostumbrada. Pero hoy se siente feliz, entra sonriente. Saluda a sus hijos y le da un beso en la boca a Sandra.

—Hola —dice, con una sonrisa.

—Hola. — Responde ella —¿Qué ha pasado?

—¿Por qué?

—Te ves muy contento.

—Nada. Lo mismo de todos los días. ¿Qué has hecho de rico? —Se apura a cambiar de tema.

Ella, se alegra al verlo contento y no indaga más.

Esta alegría le mantendrá inspirado por varios días. Trabaja en una novela que no avanza casi. Sandra observa el detalle cada vez que entra al taller a limpiar. Este lugar, se parece mucho al que tenía en Holanda. Es, tanto taller para sus pinturas, como el lugar para el escritorio y biblioteca. Allí también escribe. Andrés acostumbra a imprimir cada vez que termina un capítulo. Así que ella puede ver que no ha avanzado. Al menos no hay nada nuevo sobre la mesa. Antes, no utilizaba computadora, y era más fácil fisgonear en sus temas. Ahora tiene que esperar que haya algo impreso, para espiar en su novela. Su actitud frente a este trabajo artístico de Andrés, es así, escudriña en secreto. Quiere descubrir algo que él oculte, y cada vez, se ve defraudada, no encuentra nada raro, salvo que las historias son fantasía, no hay nada que se parezca a ella o algún hecho que se parezca a su vida real.

La cena se realiza en un ambiente distendido. Los chicos se retiran antes y quedan ellos solos en la mesa. Durante un rato, la charla transcurre sobre temas domésticos, sin importancia. Al final, la conversación languidece y Andrés se levanta, ayuda a recoger la mesa.

—Voy a trabajar un rato en mis cosas —dice, y se retira al taller. Hoy continuará con su novela, se siente inspirado.

 Sandra lo ve entrar en ese lugar, y sabe que estará horas sumergido en sus cosas. Otra vez tiene esa sensación extraña que no puede definir. Es como si lo perdiera cada vez que él entra allí. Ella siente que en ese lugar, él está con alguien; sabe que es un fantasma, es un ser invisible que se lo roba cada vez que él pinta o escribe, incluso cuando lee o escucha música. Se aleja a otros mundos desconocidos para ella, en los que siente que no tiene lugar. Se mantiene con esa sensación mientras él permanece allí. Al fin, emerge a la realidad, abre aquella puerta y sale. Se ve tan tranquilo. Es el mismo, no ha cambiado, pero ella lo observa y trata de ver algún indicio, algo diferente en él. Sabe que mientras está allí, no está con ella, es un desconocido, es como si lo perdiera. Siente que no puede competir con las heroínas de sus novelas o las mujeres de sus cuadros y también intuye que no es ella quien inspira sus poemas de amor.

lunes, 10 de octubre de 2022

Una historia sin final (IV)

 CAPITULO IV 

El acercamiento.


Hasta que dejaron de verse, ambos leían los poemas o cuentos del otro. Luego, los años pasaron y cada uno, en su momento, comenzó a publicar y a ser muy leído. Otra coincidencia muy curiosa, lo hicieron con seudónimo y colocaron en lugar de una fotografía propia, la foto de uno de sus cuadros.

La primera vez que Mónica compró un libro de ese “autor”, le llamó la atención la fotografía. La imagen le era familiar. A Andrés le pasó casi lo mismo. Pensó que esa “escritora” decía las cosas de una manera muy parecida a Mónica. Pero ninguno de los dos sospechó siquiera quién se ocultaba tras ese seudónimo.

Pasaban los años y se encontraban de forma esporádica, en alguna reunión de fin de año. En cada encuentro, solo intercambiaban miradas furtivas que les permitía entender que ambos recordaban aquél lejano día en su juventud. No habían tenido la oportunidad de hablar de ello. En esas reuniones los temas eran generales y en grupo. Pero todas las veces, en cada encuentro se abrazaban muy fuerte y se miraban a los ojos. Nada más.

Por eso, se mostraron tan felices cuando la misma vida les dio la oportunidad de estar solos y hablar de sus cosas, de sus vidas, de sus familias y, por fin, de aquél día de playa tan lejano ya.

Uno de los tíos de Mónica, ha tenido un grave accidente de moto. Esto lo lleva al Sanatorio por varios días, en estado delicado. Andrés lo conoce desde la niñez. Este hombre es quien le regaló su primer caballete para pintar y sus primeros pinceles, cuando era un adolescente. Mantuvo siempre un contacto de amistad y afecto con él.

Coincidieron en el ascensor del sanatorio. Hacía varios años que no se veían. Allí iniciaron una charla sobre cosas triviales. Estuvieron con el enfermo un rato. Terminada la hora de visita, Andrés la invitó a tomar un café.

          —Vamos —dijo. —Tenemos tanto de qué hablar; hace años que no te veo.

          —Es cierto, yo me dejo atrapar por la rutina, el trabajo, la casa, y no me doy cuenta cómo pasa el tiempo.

Estuvieron largo rato y hablaron de sus cosas. En un momento ella miró el reloj, Andrés tomó sus manos sobre la mesa, sorprendiéndola.

          —No he olvidado aquél día en la playa, hace cuarenta años.

La tomó de sorpresa. No creía que él hablaría de aquello.

          —He conservado ese recuerdo muy profundo, en mi corazón, como algo muy hermoso —dijo él, de un tirón, como si hubiera esperado esa oportunidad y ahora era el momento.

          —¡Oh, qué bueno que lo dices. Siempre pensé que eso habría sido para ti una aventura sin importancia, —dijo ella, con un temblor en la voz.

          —No. Fue algo muy, muy lindo y lo llevo conmigo en un buen lugar, —respondió Andrés. Ella tuvo la impresión de que él tomó este momento como la oportunidad que había esperado en vano tantas veces en cada ocasión en que se encontraban o se veían por unos minutos, sin poder tener una charla en privado. Ahora no estaba dispuesto a perderla. Salieron y caminaron unos minutos hasta un parque. Allí, se sentaron y continuaron la charla. Ambos descubrieron que leían a cierto autor. Comentaron algunos de esos libros y de pronto estallaron en risas. Ninguno sabía el motivo de la risa del otro hasta que ambos dijeron quién era ese autor.

          —Es increíble. Las señales que existen en la vida y no las vemos. —Dijo Mónica. —Cada vez que leía uno de tus libros, me decía: “me encanta este autor…” y al mismo tiempo pensaba: este tipo, hizo lo mismo que yo, al poner la foto. —Y rieron abrazados un buen rato. Parecían los adolescentes de hace tantos años.

Antes de separarse Andrés le explicó dónde vivía actualmente y la invitó para que viera su taller.

Si te cuento dónde estoy viviendo, no lo vas a creer, le dijo.

— Sí, cuéntame.

— Cuando llegamos a Uruguay, en primer momento alquilamos un apartamento en Montevideo. Después empezamos a buscar un buen lugar. Ambos, queríamos cerca de la playa y con fondo para los niños. Luego de ver varios avisos en diferentes inmobiliarias, encontramos una casa que nos pareció amplia, con buen espacio al fondo, a media cuadra de la playa y a muy buen precio. Una tarde fuimos a verla y ambos dijimos: "es esta." No buscamos más y cerramos el trato enseguida. A los pocos días nos mudamos. El primer día que amanecimos en la casa nueva, me levanté temprano y salí para caminar por la playa. No lo podía creer!

— ¿Qué? — dijo Mónica.

— Era la misma playa. "Nuestra playa". El mismo lugar. ¡Estaba bajando a la playa por la misma calle que habíamos bajado nosotros hacía casi cuarenta años! ¡Estaba en el mismo lugar!

— ¡Increíble! — exclamó Mónica. — Es asombroso las cosas que tiene la vida. Todo el tiempo estamos rodeados de señales que no vemos o no interpretamos. Ahora tengo gran curiosidad por conocer tu casa.

— Bueno, ya sabes ahora dónde vivo. Cuando quieras pasa un rato, tengo montones de cuadros nuevos. En algún momento haré una exposición y espero que vengas y me ayudes a organizarlo como hacíamos cuando éramos chicos.

— Claro que sí. Cualquier día voy un rato y ya nos pondremos al día. Me encantó poder charlar tranquilamente después de tanto tiempo.

Se despidieron con un abrazo interminable, como lo hacían siempre. Esta sensación de reencuentro, de volver a tener esa afinidad, era algo muy parecido a la felicidad.



sábado, 8 de octubre de 2022

Una historia sin final (V)

 CAPITULO V

El broche de nácar.



Han pasado los años. Los chicos ya son mayores y viven solos en la ciudad.

Sandra habla con su psicoterapeuta.

—Hace unos días, al volver a casa, luego de hacer unas compras, escuché voces y risas en el taller. Sabía que Andrés estaba pintando, pero me sorprendió que no estuviera solo. Es más, pensé que serían los chicos que habrían venido de visitaNo eran ellos. Era Mónica, su amiga de toda la vida. Cuando entré al taller, ambos observaban de cerca el lienzo que estaba en el caballete y hablaban con entusiasmo sobre alguna técnica. Desde la puerta los veía de espaldas, ella tenía el pelo recogido en una media cola con un broche de nácar con forma de mariposa; cada uno con un pincel en la mano señalaba el borde superior derecho del trabajo. Andrés explicaba y Mónica hacía movimientos sin tocar el lienzo. Entendí que allí había algo muy profundo, había una comprensión, una sintonía especial. No me oyeron entrar. Intenté hablar por encima del entusiasmo de ambos y justo en ese momento, ellos estallaron en risas y se confundieron en un abrazo apretado. Andrés levantó la vista, me vio. Se apresuró a soltar a Mónica y a presentármela, un poco tenso. Ella saludó con afecto, como si me conociera de mucho tiempo; me sorprendió porque no esperaba un saludo tan cálido. Traté de mostrarme amable, esforzándome por ser atenta y demostrar interés en la conversación. Es una mujer de aspecto muy seguro, aparenta tener unos sesenta años o más. Se ve arreglada, viste con buen gusto y es de trato alegre y ameno. Más tarde le mostré el jardín, el pequeño invernadero y conversamos largo rato sobre plantas y flores. Por momentos pensaba que la conocía de antes. De pronto ella miró el reloj y dijo que se tenía que ir. Andrés insistía para que se quedara a almorzar, pero ella declinó, y prometió que lo haría otro día. Al despedirse abrazó a Andrés como supongo que lo haría en sus épocas de adolescentes. El respondió con la misma efusividad, sin preocuparse de que yo lo observaba. Mónica se despidió de mí, también con un abrazo muy afectuoso, y me invitó a su casa.

—Tienes que ir un día de estos, a mi casa. —Dijo. —Verás las flores que cultivo, te van a encantar y puedes traer las que quieras para plantar aquí.

Agradecí, con sinceridad. Estaba, en cierta forma, cautivada por esa mujer. Es más, hasta por momentos me sentí mal, por tener pensamientos de desconfianza hacia ella. Es una buena amiga de toda la vida, me dije. Pero, aun así, me pone mal ver esa complicidad con Andrés, que yo, con tantos años de matrimonio, no he logrado. Cuando lo veo pintar, me parece un extraño, no conozco esa persona, siento que es alguien distinto y lejano. Es una sensación muy rara, porque desde que lo conocí, hace ya cuarenta años, lo he visto pintar casi a diario. Sé que me dirás que ya hemos trabajado sobre el tema de los celos. Lo entiendo. Los celos son sin fundamentos, se basan y crecen en lo que suponemos y no en lo que es la realidad. Lo sé. Pero no puedo dejar de sentirlo. De manera intelectual, lo comprendo, pero la emoción dice lo contrario. Bueno. El caso es que ahora, Mónica vive cerca, alquiló un pequeño apartamento a unos dos kilómetros de nuestra casa y la encontrarnos con frecuencia en el supermercado, o viene con un bosquejo para discutirlo con Andrés. Cada vez que ha venido a casa, trae algo para mí. Una vez, una planta, otra vez una mermelada casera, otro día un pequeño mantel pintado a mano. En fin, me demuestra empatía. Y me quedo “fuera de lugar”, porque no puedo corresponder con la misma amabilidad. Conversamos de cualquier cosa durante un rato, pero, como ella viene para hablar con Andrés, la dejo en el taller y me retiro. Es decir, me quedo un rato, miro lo que hacen, pero son temas que ellos entienden y yo no, por lo que opto por retirarme.

—Sandra —dice la psicóloga —en todos estos años Andrés no te ha dado motivos para creer que te pueda ser infiel. ¿Comprendes que esos fantasmas están sólo en tu imaginación? Hemos hablado muchas veces cómo actúan los celos en una relación de pareja. Lo hemos trabajado, sabes que te hacen ver las cosas más inverosímiles, como reales.

—Sí, lo sé. Necesitaba contarte lo que me pasa con Mónica. La observo y no encuentro nada que me haga pensar que entre ellos haya algo pecaminoso. Pero no puedo confiar en ella. A veces pienso que es mi intuición la que me advierte y me alerta. Y otras tantas, yo misma me recrimino por no poder alejar esos fantasmas de mi cabeza.

Luego de la sesión con la psicóloga, Sandra vuelve a su casa, a pie. A pesar que la consulta está a más de tres kilómetros, es una forma de distenderse y pensar en el asunto,  más tranquila. No obstante, se da cuenta que, de manera casi inconsciente, busca el parecido de Mónica con las mujeres de los cuadros que ha pintado Andrés y no puede asociar ningún rasgo parecido. Mientras camina, logra calmarse y asimilar los consejos de la psicóloga. De pronto, surge en su memoria, el broche de Mónica. Ese peinado con ese broche, lo ha visto en alguno de sus cuadros, y una mariposa en varias de sus pinturas aparece de una forma u otra. 

Ya en la casa, están sus hijos que acaban de llegar y charlan alegres con su padre. Esto hace que no vuelva a pensar en el tema. El resto de la tarde transcurre en un ambiente alegre y distendido.


viernes, 7 de octubre de 2022

Una historia sin final (VI)

 CAPITULO VI



El crepúsculo pintaba el paisaje de tonos dorados y violetas. Caminaban en silencio por la playa. Era la misma que los vio amarse en plena juventud. Hoy son casi ancianos. Volvían a hablar de aquél día después de 40 años. Ahí estaban, con sus figuras pesadas, algo encorvados, de la mano, como dos adolescentes.

—Siempre te voy a querer —dijo Andrés, de pronto.

—Yo también. —respondió Mónica.

Se quedaron en silencio, mirando a lo lejos. Habían esperado 40 años para decir que se querían. Otra vez resignaban su amor. Ambos tenían vidas diferentes. Habían formado cada cual, su familia; habían criado sus hijos y eran abuelos. Ya no podían cambiar las cosas, o no estaban dispuestos a cambiarlas, para no dañar a los demás. 

—He vivido toda la vida con un vacío sin llenar —dijo de pronto él. —Sandra no lo entiende. No comprende por qué no me siento feliz. Lee mis novelas, revisa mis cuadros, para descubrir de quién estoy enamorado. Me lo ha dicho. Se pone celosa de las protagonistas de todas mis novelas, que por supuesto, no se parecen a ella. Me lo ha planteado y le he dicho que lo que escribo es una novela, no una crónica de la vida real. No valora lo que hago. A pesar de que mis libros se leen y se venden muy bien, al igual que las pinturas, y han tenido buenas críticas, ella busca similitud con la realidad y se queda desconfiada, busca en mis personajes, una respuesta. No tiene motivos para quejarse, no le he fallado en nada. Trabajo arduo, pero no lo ve, solo se queja, siempre está desconforme.

—Supongo que algo de culpa tendrás allí. Quizás te enfocas demasiado en el trabajo y no le prestas atención.

—Trabajo mucho, sí, pero la trato bien, hemos criado nuestros hijos, me he portado bien, la he respetado.

—Pero ella siente que no te tiene, que no le perteneces de forma total.

—No puede tener celos de una novela o de una pintura, es una actitud infantil.

Se produce un silencio largo que luego de un rato, rompe Andrés.

—¿Y tú, qué has hecho?

—Yo… también he vivido con un vacío sin llenar, que por lo visto quedará así. He criado a mis hijos, también he trabajado sin descanso. Mi matrimonio terminó hace más de 10 años, pero recién hace un año me divorcié. El desgaste de los años o la pérdida del amor, no sé, fue lo que al final, me animó a terminar con eso. En mi caso, Augusto, no participaba en nada de lo que yo hacía, ni para criticarlo. Indiferencia total. No me acompañaba ni a la presentación de alguna novela. En cada evento estuve sin él. Mis hijos, en cambio, no se perdían uno. Nunca leyó nada de lo que yo escribí, no tiene idea de lo que dicen mis libros. Eso es muy feo y duele. 

Se detuvieron frente al mar, las olas lamiendo sus pies descalzos. Andrés tomó las manos de Mónica entre las suyas, la miró a los ojos y dijo:

          —Me he dado cuenta que todo lo que he hecho ha sido un error. Todo lo he hecho mal. Me he equivocado en todo, he elegido mal en la vida.

          —Yo, en cambio, creo que no hay errores. Nada de lo que hacemos, carece de sentido. Todas las opciones que tenemos y las elecciones que hacemos, es lo que teníamos que hacer y estuvo bien así. A veces creemos que nos hemos equivocado, pero con el correr del tiempo, comprendemos que fue lo mejor que pudimos hacer y que fue para bien —dijo Mónica.  —Andrés, no dijo nada y se quedó mirándola con una sonrisa triste en su rostro. Los dos miraban al horizonte tomados de la mano. De pronto, Andrés giró y se puso delante de ella, tiró de su mano y la atrajo en un solo movimiento. La envolvió en un abrazo muy apretado. Un abrazo que rompía las barreras del tiempo. La besó en los labios. Aquel beso que trataba de revivir los momentos de la juventud, se estaba produciendo ahí, en la misma playa. Sus labios se unieron con una sincronicidad absoluta. Un beso que sellaba un amor que nunca murió. Mónica sintió que el tiempo no había pasado entre ellos, solo había hecho una larga pausa.

Las olas mojaban sus pies al llegar a la orilla y la arena se diluía debajo de ellos, obligándolos a corregir la postura en un acto reflejo, cada vez que sus pies se hundían en la arena. Se separaron lentamente mirándose a los ojos. No había promesas, ni reproches, solo la aceptación de un amor que fue y que siempre sería. Caminaron juntos, en silencio, hasta que el sol se ocultó en el horizonte, dejando tras de sí un rastro de estrellas.


(FIN)

Ivalopano

Título destacado

¡Cuánto te extraño!

  Hola. Tengo tanto para contarte. Han pasado muchas cosas buenas , lindas, desde que te fuiste. Cada día y en cada momento intenso, te pien...

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