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lunes, 10 de octubre de 2022

Una historia sin final (IV)

 CAPITULO IV 

El acercamiento.


Hasta que dejaron de verse, ambos leían los poemas o cuentos del otro. Luego, los años pasaron y cada uno, en su momento, comenzó a publicar y a ser muy leído. Otra coincidencia muy curiosa, lo hicieron con seudónimo y colocaron en lugar de una fotografía propia, la foto de uno de sus cuadros.

La primera vez que Mónica compró un libro de ese “autor”, le llamó la atención la fotografía. La imagen le era familiar. A Andrés le pasó casi lo mismo. Pensó que esa “escritora” decía las cosas de una manera muy parecida a Mónica. Pero ninguno de los dos sospechó siquiera quién se ocultaba tras ese seudónimo.

Pasaban los años y se encontraban de forma esporádica, en alguna reunión de fin de año. En cada encuentro, solo intercambiaban miradas furtivas que les permitía entender que ambos recordaban aquél lejano día en su juventud. No habían tenido la oportunidad de hablar de ello. En esas reuniones los temas eran generales y en grupo. Pero todas las veces, en cada encuentro se abrazaban muy fuerte y se miraban a los ojos. Nada más.

Por eso, se mostraron tan felices cuando la misma vida les dio la oportunidad de estar solos y hablar de sus cosas, de sus vidas, de sus familias y, por fin, de aquél día de playa tan lejano ya.

Uno de los tíos de Mónica, ha tenido un grave accidente de moto. Esto lo lleva al Sanatorio por varios días, en estado delicado. Andrés lo conoce desde la niñez. Este hombre es quien le regaló su primer caballete para pintar y sus primeros pinceles, cuando era un adolescente. Mantuvo siempre un contacto de amistad y afecto con él.

Coincidieron en el ascensor del sanatorio. Hacía varios años que no se veían. Allí iniciaron una charla sobre cosas triviales. Estuvieron con el enfermo un rato. Terminada la hora de visita, Andrés la invitó a tomar un café.

          —Vamos —dijo. —Tenemos tanto de qué hablar; hace años que no te veo.

          —Es cierto, yo me dejo atrapar por la rutina, el trabajo, la casa, y no me doy cuenta cómo pasa el tiempo.

Estuvieron largo rato y hablaron de sus cosas. En un momento ella miró el reloj, Andrés tomó sus manos sobre la mesa, sorprendiéndola.

          —No he olvidado aquél día en la playa, hace cuarenta años.

La tomó de sorpresa. No creía que él hablaría de aquello.

          —He conservado ese recuerdo muy profundo, en mi corazón, como algo muy hermoso —dijo él, de un tirón, como si hubiera esperado esa oportunidad y ahora era el momento.

          —¡Oh, qué bueno que lo dices. Siempre pensé que eso habría sido para ti una aventura sin importancia, —dijo ella, con un temblor en la voz.

          —No. Fue algo muy, muy lindo y lo llevo conmigo en un buen lugar, —respondió Andrés. Ella tuvo la impresión de que él tomó este momento como la oportunidad que había esperado en vano tantas veces en cada ocasión en que se encontraban o se veían por unos minutos, sin poder tener una charla en privado. Ahora no estaba dispuesto a perderla. Salieron y caminaron unos minutos hasta un parque. Allí, se sentaron y continuaron la charla. Ambos descubrieron que leían a cierto autor. Comentaron algunos de esos libros y de pronto estallaron en risas. Ninguno sabía el motivo de la risa del otro hasta que ambos dijeron quién era ese autor.

          —Es increíble. Las señales que existen en la vida y no las vemos. —Dijo Mónica. —Cada vez que leía uno de tus libros, me decía: “me encanta este autor…” y al mismo tiempo pensaba: este tipo, hizo lo mismo que yo, al poner la foto. —Y rieron abrazados un buen rato. Parecían los adolescentes de hace tantos años.

Antes de separarse Andrés le explicó dónde vivía actualmente y la invitó para que viera su taller.

Si te cuento dónde estoy viviendo, no lo vas a creer, le dijo.

— Sí, cuéntame.

— Cuando llegamos a Uruguay, en primer momento alquilamos un apartamento en Montevideo. Después empezamos a buscar un buen lugar. Ambos, queríamos cerca de la playa y con fondo para los niños. Luego de ver varios avisos en diferentes inmobiliarias, encontramos una casa que nos pareció amplia, con buen espacio al fondo, a media cuadra de la playa y a muy buen precio. Una tarde fuimos a verla y ambos dijimos: "es esta." No buscamos más y cerramos el trato enseguida. A los pocos días nos mudamos. El primer día que amanecimos en la casa nueva, me levanté temprano y salí para caminar por la playa. No lo podía creer!

— ¿Qué? — dijo Mónica.

— Era la misma playa. "Nuestra playa". El mismo lugar. ¡Estaba bajando a la playa por la misma calle que habíamos bajado nosotros hacía casi cuarenta años! ¡Estaba en el mismo lugar!

— ¡Increíble! — exclamó Mónica. — Es asombroso las cosas que tiene la vida. Todo el tiempo estamos rodeados de señales que no vemos o no interpretamos. Ahora tengo gran curiosidad por conocer tu casa.

— Bueno, ya sabes ahora dónde vivo. Cuando quieras pasa un rato, tengo montones de cuadros nuevos. En algún momento haré una exposición y espero que vengas y me ayudes a organizarlo como hacíamos cuando éramos chicos.

— Claro que sí. Cualquier día voy un rato y ya nos pondremos al día. Me encantó poder charlar tranquilamente después de tanto tiempo.

Se despidieron con un abrazo interminable, como lo hacían siempre. Esta sensación de reencuentro, de volver a tener esa afinidad, era algo muy parecido a la felicidad.



sábado, 8 de octubre de 2022

Una historia sin final (V)

 CAPITULO V

El broche de nácar.



Han pasado los años. Los chicos ya son mayores y viven solos en la ciudad.

Sandra habla con su psicoterapeuta.

—Hace unos días, al volver a casa, luego de hacer unas compras, escuché voces y risas en el taller. Sabía que Andrés estaba pintando, pero me sorprendió que no estuviera solo. Es más, pensé que serían los chicos que habrían venido de visitaNo eran ellos. Era Mónica, su amiga de toda la vida. Cuando entré al taller, ambos observaban de cerca el lienzo que estaba en el caballete y hablaban con entusiasmo sobre alguna técnica. Desde la puerta los veía de espaldas, ella tenía el pelo recogido en una media cola con un broche de nácar con forma de mariposa; cada uno con un pincel en la mano señalaba el borde superior derecho del trabajo. Andrés explicaba y Mónica hacía movimientos sin tocar el lienzo. Entendí que allí había algo muy profundo, había una comprensión, una sintonía especial. No me oyeron entrar. Intenté hablar por encima del entusiasmo de ambos y justo en ese momento, ellos estallaron en risas y se confundieron en un abrazo apretado. Andrés levantó la vista, me vio. Se apresuró a soltar a Mónica y a presentármela, un poco tenso. Ella saludó con afecto, como si me conociera de mucho tiempo; me sorprendió porque no esperaba un saludo tan cálido. Traté de mostrarme amable, esforzándome por ser atenta y demostrar interés en la conversación. Es una mujer de aspecto muy seguro, aparenta tener unos sesenta años o más. Se ve arreglada, viste con buen gusto y es de trato alegre y ameno. Más tarde le mostré el jardín, el pequeño invernadero y conversamos largo rato sobre plantas y flores. Por momentos pensaba que la conocía de antes. De pronto ella miró el reloj y dijo que se tenía que ir. Andrés insistía para que se quedara a almorzar, pero ella declinó, y prometió que lo haría otro día. Al despedirse abrazó a Andrés como supongo que lo haría en sus épocas de adolescentes. El respondió con la misma efusividad, sin preocuparse de que yo lo observaba. Mónica se despidió de mí, también con un abrazo muy afectuoso, y me invitó a su casa.

—Tienes que ir un día de estos, a mi casa. —Dijo. —Verás las flores que cultivo, te van a encantar y puedes traer las que quieras para plantar aquí.

Agradecí, con sinceridad. Estaba, en cierta forma, cautivada por esa mujer. Es más, hasta por momentos me sentí mal, por tener pensamientos de desconfianza hacia ella. Es una buena amiga de toda la vida, me dije. Pero, aun así, me pone mal ver esa complicidad con Andrés, que yo, con tantos años de matrimonio, no he logrado. Cuando lo veo pintar, me parece un extraño, no conozco esa persona, siento que es alguien distinto y lejano. Es una sensación muy rara, porque desde que lo conocí, hace ya cuarenta años, lo he visto pintar casi a diario. Sé que me dirás que ya hemos trabajado sobre el tema de los celos. Lo entiendo. Los celos son sin fundamentos, se basan y crecen en lo que suponemos y no en lo que es la realidad. Lo sé. Pero no puedo dejar de sentirlo. De manera intelectual, lo comprendo, pero la emoción dice lo contrario. Bueno. El caso es que ahora, Mónica vive cerca, alquiló un pequeño apartamento a unos dos kilómetros de nuestra casa y la encontrarnos con frecuencia en el supermercado, o viene con un bosquejo para discutirlo con Andrés. Cada vez que ha venido a casa, trae algo para mí. Una vez, una planta, otra vez una mermelada casera, otro día un pequeño mantel pintado a mano. En fin, me demuestra empatía. Y me quedo “fuera de lugar”, porque no puedo corresponder con la misma amabilidad. Conversamos de cualquier cosa durante un rato, pero, como ella viene para hablar con Andrés, la dejo en el taller y me retiro. Es decir, me quedo un rato, miro lo que hacen, pero son temas que ellos entienden y yo no, por lo que opto por retirarme.

—Sandra —dice la psicóloga —en todos estos años Andrés no te ha dado motivos para creer que te pueda ser infiel. ¿Comprendes que esos fantasmas están sólo en tu imaginación? Hemos hablado muchas veces cómo actúan los celos en una relación de pareja. Lo hemos trabajado, sabes que te hacen ver las cosas más inverosímiles, como reales.

—Sí, lo sé. Necesitaba contarte lo que me pasa con Mónica. La observo y no encuentro nada que me haga pensar que entre ellos haya algo pecaminoso. Pero no puedo confiar en ella. A veces pienso que es mi intuición la que me advierte y me alerta. Y otras tantas, yo misma me recrimino por no poder alejar esos fantasmas de mi cabeza.

Luego de la sesión con la psicóloga, Sandra vuelve a su casa, a pie. A pesar que la consulta está a más de tres kilómetros, es una forma de distenderse y pensar en el asunto,  más tranquila. No obstante, se da cuenta que, de manera casi inconsciente, busca el parecido de Mónica con las mujeres de los cuadros que ha pintado Andrés y no puede asociar ningún rasgo parecido. Mientras camina, logra calmarse y asimilar los consejos de la psicóloga. De pronto, surge en su memoria, el broche de Mónica. Ese peinado con ese broche, lo ha visto en alguno de sus cuadros, y una mariposa en varias de sus pinturas aparece de una forma u otra. 

Ya en la casa, están sus hijos que acaban de llegar y charlan alegres con su padre. Esto hace que no vuelva a pensar en el tema. El resto de la tarde transcurre en un ambiente alegre y distendido.


viernes, 7 de octubre de 2022

Una historia sin final (VI)

 CAPITULO VI



El crepúsculo pintaba el paisaje de tonos dorados y violetas. Caminaban en silencio por la playa. Era la misma que los vio amarse en plena juventud. Hoy son casi ancianos. Volvían a hablar de aquél día después de 40 años. Ahí estaban, con sus figuras pesadas, algo encorvados, de la mano, como dos adolescentes.

—Siempre te voy a querer —dijo Andrés, de pronto.

—Yo también. —respondió Mónica.

Se quedaron en silencio, mirando a lo lejos. Habían esperado 40 años para decir que se querían. Otra vez resignaban su amor. Ambos tenían vidas diferentes. Habían formado cada cual, su familia; habían criado sus hijos y eran abuelos. Ya no podían cambiar las cosas, o no estaban dispuestos a cambiarlas, para no dañar a los demás. 

—He vivido toda la vida con un vacío sin llenar —dijo de pronto él. —Sandra no lo entiende. No comprende por qué no me siento feliz. Lee mis novelas, revisa mis cuadros, para descubrir de quién estoy enamorado. Me lo ha dicho. Se pone celosa de las protagonistas de todas mis novelas, que por supuesto, no se parecen a ella. Me lo ha planteado y le he dicho que lo que escribo es una novela, no una crónica de la vida real. No valora lo que hago. A pesar de que mis libros se leen y se venden muy bien, al igual que las pinturas, y han tenido buenas críticas, ella busca similitud con la realidad y se queda desconfiada, busca en mis personajes, una respuesta. No tiene motivos para quejarse, no le he fallado en nada. Trabajo arduo, pero no lo ve, solo se queja, siempre está desconforme.

—Supongo que algo de culpa tendrás allí. Quizás te enfocas demasiado en el trabajo y no le prestas atención.

—Trabajo mucho, sí, pero la trato bien, hemos criado nuestros hijos, me he portado bien, la he respetado.

—Pero ella siente que no te tiene, que no le perteneces de forma total.

—No puede tener celos de una novela o de una pintura, es una actitud infantil.

Se produce un silencio largo que luego de un rato, rompe Andrés.

—¿Y tú, qué has hecho?

—Yo… también he vivido con un vacío sin llenar, que por lo visto quedará así. He criado a mis hijos, también he trabajado sin descanso. Mi matrimonio terminó hace más de 10 años, pero recién hace un año me divorcié. El desgaste de los años o la pérdida del amor, no sé, fue lo que al final, me animó a terminar con eso. En mi caso, Augusto, no participaba en nada de lo que yo hacía, ni para criticarlo. Indiferencia total. No me acompañaba ni a la presentación de alguna novela. En cada evento estuve sin él. Mis hijos, en cambio, no se perdían uno. Nunca leyó nada de lo que yo escribí, no tiene idea de lo que dicen mis libros. Eso es muy feo y duele. 

Se detuvieron frente al mar, las olas lamiendo sus pies descalzos. Andrés tomó las manos de Mónica entre las suyas, la miró a los ojos y dijo:

          —Me he dado cuenta que todo lo que he hecho ha sido un error. Todo lo he hecho mal. Me he equivocado en todo, he elegido mal en la vida.

          —Yo, en cambio, creo que no hay errores. Nada de lo que hacemos, carece de sentido. Todas las opciones que tenemos y las elecciones que hacemos, es lo que teníamos que hacer y estuvo bien así. A veces creemos que nos hemos equivocado, pero con el correr del tiempo, comprendemos que fue lo mejor que pudimos hacer y que fue para bien —dijo Mónica.  —Andrés, no dijo nada y se quedó mirándola con una sonrisa triste en su rostro. Los dos miraban al horizonte tomados de la mano. De pronto, Andrés giró y se puso delante de ella, tiró de su mano y la atrajo en un solo movimiento. La envolvió en un abrazo muy apretado. Un abrazo que rompía las barreras del tiempo. La besó en los labios. Aquel beso que trataba de revivir los momentos de la juventud, se estaba produciendo ahí, en la misma playa. Sus labios se unieron con una sincronicidad absoluta. Un beso que sellaba un amor que nunca murió. Mónica sintió que el tiempo no había pasado entre ellos, solo había hecho una larga pausa.

Las olas mojaban sus pies al llegar a la orilla y la arena se diluía debajo de ellos, obligándolos a corregir la postura en un acto reflejo, cada vez que sus pies se hundían en la arena. Se separaron lentamente mirándose a los ojos. No había promesas, ni reproches, solo la aceptación de un amor que fue y que siempre sería. Caminaron juntos, en silencio, hasta que el sol se ocultó en el horizonte, dejando tras de sí un rastro de estrellas.


(FIN)

Ivalopano

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