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miércoles, 12 de octubre de 2022

Una historia sin final (II)

 CAPITULO II

 En la casita de la playa.



Mónica ha ido en cada oportunidad que ha podido, hasta la casita de la playa. Cada vez que tiene una novela en manos, busca un momento de recogimiento y silencio. Con cuatro niños correteando que van y vienen por la casa en un movimiento continuo, es imposible tener un momento de concentración para poder escribir. Por eso, mientras ellos permanecen en la playa con su hermana, puede estar tranquila. Sabe que con Ana están mejor que con ella misma. Los cuatro quieren y respetan mucho a la tía. No le hacen travesuras y menos en el agua. Ana no les perdona, a la mínima desobediencia, "se termina la playa, vuelven a la casa y no hay más juegos. Ana sabe que Mónica está escribiendo y se ofrece a llevarlos a jugar un rato. Es un lugar precioso con la playa allí nomás. Puede verlos desde la ventana. Ana busca un lugar tranquilo, lejos de las rocas, donde puedan jugar sin riesgos. También están allí sus dos hijos, con edades muy similares a los suyos. Se llevan a las mil maravillas y se divierten. Se pierde en sus pensamientos mirando aquella playa. Hace tantos años, en su adolescencia venía con Andrés a este lugar, pasaban horas pintando o leyendo sus borradores, intercambiando ideas y definiendo personajes. Estuvo muy enamorada de él, pero nunca se lo dijo. Todavía recuerda su despedida en el aeropuerto cuando él viajó hacia Holanda, por trabajo. No pensó que se quedaría a vivir, que se casaría allá. Fue muy duro comprender que no la amaba como ella a él. Y como cada vez que piensa en Andrés, no puede evitar recordar aquella tarde. Hacía unos años que no se veían y él vino de visita para fin de año. Pasaron las fiestas juntos, en familia. Pero lo que se ha quedado a fuego en su recuerdo es aquella tarde en esa playa. Allí se amaron por única vez. Esa tarde cada uno supo cómo se sentían las manos del otro sobre su piel, cómo sabían sus besos, miles, muchos, muchos. No se dijeron “te amo”. No era necesario. Ella lo amó desde la adolescencia y pensó que él sentía lo mismo. Por eso, al enterarse que se casó en Holanda después de aquel viaje a Uruguay, no podía entenderlo. No entendía, hasta el día de hoy, por qué la besó y por qué hizo el amor con ella, si sabía que no volvería y que se casaría allá. Cada vez que recuerda aquel momento íntimo, irrepetible, no puede evitar sentir que fue humillada. Aquella playa, guarda en su paisaje, de alguna manera, la esencia de aquél día. Desde la ventana, mientras mira a sus hijos que juegan con los primos, piensa cómo hubiera sido su vida, si él no se hubiera ido y si hubieran podido amarse, estar juntos hasta hoy. De pronto se retira algo turbada, no debe pensar eso. No tiene sentido. Mira el escritorio. Vuelve al trabajo. Se sienta y relee lo escrito. De pronto, esta historia que cuenta ha perdido sentido. Respira profundo varias veces y se dispone a continuar. Se queda, no obstante, varios minutos estática ante el texto a medio escribir, quizás ordena pensamientos. Pone las manos sobre el teclado, pero permanece inmóvil. La saca de este estado el ruido de las voces y risas de los niños que vuelven. No aprovechó el tiempo que estuvieron en la playa. Se perdió en sus pensamientos y recuerdos. En fin. Algún día plasmará esa historia de amor en una novela. Pero cada vez que lo intenta, la emoción es muy fuerte y comprende que aún no ha tomado distancia del tema como para poder escribir con objetividad. Durante mucho tiempo lo extrañó. Echaba de menos, esos ratos que compartía con Andrés, cuando bajaban por el camino hacia esta misma playa y allí sobre las rocas colocaban sus caballetes y pasaban horas pintando, muchas veces, sin hablar, cada uno inmerso en su bastidor. 
La vida continuó su curso. También se casó, vinieron los hijos y volcó su empeño en sacarlos adelante. Un esfuerzo casi sin el apoyo de su marido. Un tipo indiferente a las necesidades de la casa y la familia. Ella es quien lleva toda la tarea. También se ocupa de lo que concierne a la atención y educación de los hijos. Él no participa en nada. Cada vez que hay que llevarlos al médico, al dentista, es ella quien se ocupa. Muchas son las oportunidades en que Mónica se pregunta por qué sigue casada con él. Y razona que no es malo, es trabajador y lo que gana lo deja en los gastos domésticos. Pero ella no puede contar con él para paseos, salidas de grupo, acompañarlos a la escuela, asistir a las fiestas o actividades escolares. Incluso cuando tuvo la presentación de su primera novela, que para ella fue un acontecimiento importantísimo, tampoco él asistió. Adujo que no entendía de esos temas, que se sentiría fuera de lugar. Otras veces dice que no quiere ir, o que tiene que reunirse con los amigos. Esas reuniones son en el bar. En varias oportunidades ha vuelto de allí, borracho. Ella ha tratado de minimizar la situación ante los hijos que por suerte todavía son pequeños y no prestan atención. En varias oportunidades le ha contado estos hechos a Susana, su amiga, quien le ha dicho que está muy claro que Augusto es alcohólico. Que debería buscar ayuda y tratar de salir de esa situación. Ha mencionado la posibilidad de divorcio. Mónica ha rechazado esa idea porque cree que no es para tanto, que él cambiará. Y en alguna oportunidad ha hablado claro con él, ofreciéndose para acompañarlo para tener alguna consulta médica, en busca de una cura para ese problema que ya se vislumbra. Él dice que no es alcohólico y que toma alguna copa con los amigos, nada más, le quita dramatismo al asunto. Ella respira resignada y se vuelca en su trabajo.

Su hermana, también le ha hablado de la posibilidad de un divorcio.  ¿Nunca pensaste en divorciarte? —dijo un día en que Mónica le contaba lo que pasaba con Augusto. Pero cada vez que lo veía llegar borracho, lo pensaba un instante y de inmediato lo rechazaba, segura de que hablaría con él cuando estuviera sobrio, lo entendería y buscaría ayuda. Cada vez que trató de hablarlo, él le restó importancia y prometía que ya no pasaría.

Sale de estas cavilaciones y empieza a ayudar a Ana que ya se dispone a preparar la mesa. Los niños están jubilosos de estar juntos y tienen tema de conversación para rato. Las hermanas acomodan sus sillas, apretadas entre ellos y la comida transcurre en un ambiente alegre y distendido. Ambas, se han ayudado siempre. Han sido muy unidas. Cada una sabe los problemas y necesidades de la otra. Entre ellas no hay secretos. Luego de la comida, ambas se encargan de recoger la mesa, los niños lavan los platos y guardan. Con ese trabajo en equipo la tarea fue apenas unos minutos. Luego, se van a jugar al patio exterior bajo los árboles. Las hermanas, se sientan a tomar un café.

—¿Pudiste aprovechar un rato para escribir? —preguntó Ana.

—No, casi nada. Es decir, nada. Me puse a mirar por la ventana y “me fui”. Cuando estoy acá recuerdo tanto a Andrés. Creo que sigo amándolo. No he podido olvidarme de él.

—Hace tanto tiempo que pasó aquello que ya deberías haberlo quitado de tu cabeza —dice Ana.

—Si... de mi cabeza, pero de mi corazón no lo he logrado. No he tenido más noticias que las que me ha contado su madre cada vez que nos vemos. Tiene dos hijos y está muy bien en Holanda. Se casó con una chica uruguaya y por lo visto es feliz. Está mal que lo diga, pero eso me da rabia, me da celos. No tiene sentido que diga esto, pero es lo que siento. Ella tuvo más suerte que yo. Logró casarse con él. Yo lo quise toda la vida y él solo me veía como una amiga.

—¿Estás segura que sólo como amiga?   —Dice Ana.  —¿Cómo explicas lo que pasó aquel día en esta playa?

—Muchas veces le he buscado una explicación, pero no lo entiendo. Después de esa visita, enseguida se casó, está claro que ya tenía la novia en Holanda.


lunes, 10 de octubre de 2022

Una historia sin final (IV)

 CAPITULO IV 

El acercamiento.


Hasta que dejaron de verse, ambos leían los poemas o cuentos del otro. Luego, los años pasaron y cada uno, en su momento, comenzó a publicar y a ser muy leído. Otra coincidencia muy curiosa, lo hicieron con seudónimo y colocaron en lugar de una fotografía propia, la foto de uno de sus cuadros.

La primera vez que Mónica compró un libro de ese “autor”, le llamó la atención la fotografía. La imagen le era familiar. A Andrés le pasó casi lo mismo. Pensó que esa “escritora” decía las cosas de una manera muy parecida a Mónica. Pero ninguno de los dos sospechó siquiera quién se ocultaba tras ese seudónimo.

Pasaban los años y se encontraban de forma esporádica, en alguna reunión de fin de año. En cada encuentro, solo intercambiaban miradas furtivas que les permitía entender que ambos recordaban aquél lejano día en su juventud. No habían tenido la oportunidad de hablar de ello. En esas reuniones los temas eran generales y en grupo. Pero todas las veces, en cada encuentro se abrazaban muy fuerte y se miraban a los ojos. Nada más.

Por eso, se mostraron tan felices cuando la misma vida les dio la oportunidad de estar solos y hablar de sus cosas, de sus vidas, de sus familias y, por fin, de aquél día de playa tan lejano ya.

Uno de los tíos de Mónica, ha tenido un grave accidente de moto. Esto lo lleva al Sanatorio por varios días, en estado delicado. Andrés lo conoce desde la niñez. Este hombre es quien le regaló su primer caballete para pintar y sus primeros pinceles, cuando era un adolescente. Mantuvo siempre un contacto de amistad y afecto con él.

Coincidieron en el ascensor del sanatorio. Hacía varios años que no se veían. Allí iniciaron una charla sobre cosas triviales. Estuvieron con el enfermo un rato. Terminada la hora de visita, Andrés la invitó a tomar un café.

          —Vamos —dijo. —Tenemos tanto de qué hablar; hace años que no te veo.

          —Es cierto, yo me dejo atrapar por la rutina, el trabajo, la casa, y no me doy cuenta cómo pasa el tiempo.

Estuvieron largo rato y hablaron de sus cosas. En un momento ella miró el reloj, Andrés tomó sus manos sobre la mesa, sorprendiéndola.

          —No he olvidado aquél día en la playa, hace cuarenta años.

La tomó de sorpresa. No creía que él hablaría de aquello.

          —He conservado ese recuerdo muy profundo, en mi corazón, como algo muy hermoso —dijo él, de un tirón, como si hubiera esperado esa oportunidad y ahora era el momento.

          —¡Oh, qué bueno que lo dices. Siempre pensé que eso habría sido para ti una aventura sin importancia, —dijo ella, con un temblor en la voz.

          —No. Fue algo muy, muy lindo y lo llevo conmigo en un buen lugar, —respondió Andrés. Ella tuvo la impresión de que él tomó este momento como la oportunidad que había esperado en vano tantas veces en cada ocasión en que se encontraban o se veían por unos minutos, sin poder tener una charla en privado. Ahora no estaba dispuesto a perderla. Salieron y caminaron unos minutos hasta un parque. Allí, se sentaron y continuaron la charla. Ambos descubrieron que leían a cierto autor. Comentaron algunos de esos libros y de pronto estallaron en risas. Ninguno sabía el motivo de la risa del otro hasta que ambos dijeron quién era ese autor.

          —Es increíble. Las señales que existen en la vida y no las vemos. —Dijo Mónica. —Cada vez que leía uno de tus libros, me decía: “me encanta este autor…” y al mismo tiempo pensaba: este tipo, hizo lo mismo que yo, al poner la foto. —Y rieron abrazados un buen rato. Parecían los adolescentes de hace tantos años.

Antes de separarse Andrés le explicó dónde vivía actualmente y la invitó para que viera su taller.

Si te cuento dónde estoy viviendo, no lo vas a creer, le dijo.

— Sí, cuéntame.

— Cuando llegamos a Uruguay, en primer momento alquilamos un apartamento en Montevideo. Después empezamos a buscar un buen lugar. Ambos, queríamos cerca de la playa y con fondo para los niños. Luego de ver varios avisos en diferentes inmobiliarias, encontramos una casa que nos pareció amplia, con buen espacio al fondo, a media cuadra de la playa y a muy buen precio. Una tarde fuimos a verla y ambos dijimos: "es esta." No buscamos más y cerramos el trato enseguida. A los pocos días nos mudamos. El primer día que amanecimos en la casa nueva, me levanté temprano y salí para caminar por la playa. No lo podía creer!

— ¿Qué? — dijo Mónica.

— Era la misma playa. "Nuestra playa". El mismo lugar. ¡Estaba bajando a la playa por la misma calle que habíamos bajado nosotros hacía casi cuarenta años! ¡Estaba en el mismo lugar!

— ¡Increíble! — exclamó Mónica. — Es asombroso las cosas que tiene la vida. Todo el tiempo estamos rodeados de señales que no vemos o no interpretamos. Ahora tengo gran curiosidad por conocer tu casa.

— Bueno, ya sabes ahora dónde vivo. Cuando quieras pasa un rato, tengo montones de cuadros nuevos. En algún momento haré una exposición y espero que vengas y me ayudes a organizarlo como hacíamos cuando éramos chicos.

— Claro que sí. Cualquier día voy un rato y ya nos pondremos al día. Me encantó poder charlar tranquilamente después de tanto tiempo.

Se despidieron con un abrazo interminable, como lo hacían siempre. Esta sensación de reencuentro, de volver a tener esa afinidad, era algo muy parecido a la felicidad.



viernes, 7 de octubre de 2022

Una historia sin final (VI)

 CAPITULO VI



El crepúsculo pintaba el paisaje de tonos dorados y violetas. Caminaban en silencio por la playa. Era la misma que los vio amarse en plena juventud. Hoy son casi ancianos. Volvían a hablar de aquél día después de 40 años. Ahí estaban, con sus figuras pesadas, algo encorvados, de la mano, como dos adolescentes.

—Siempre te voy a querer —dijo Andrés, de pronto.

—Yo también. —respondió Mónica.

Se quedaron en silencio, mirando a lo lejos. Habían esperado 40 años para decir que se querían. Otra vez resignaban su amor. Ambos tenían vidas diferentes. Habían formado cada cual, su familia; habían criado sus hijos y eran abuelos. Ya no podían cambiar las cosas, o no estaban dispuestos a cambiarlas, para no dañar a los demás. 

—He vivido toda la vida con un vacío sin llenar —dijo de pronto él. —Sandra no lo entiende. No comprende por qué no me siento feliz. Lee mis novelas, revisa mis cuadros, para descubrir de quién estoy enamorado. Me lo ha dicho. Se pone celosa de las protagonistas de todas mis novelas, que por supuesto, no se parecen a ella. Me lo ha planteado y le he dicho que lo que escribo es una novela, no una crónica de la vida real. No valora lo que hago. A pesar de que mis libros se leen y se venden muy bien, al igual que las pinturas, y han tenido buenas críticas, ella busca similitud con la realidad y se queda desconfiada, busca en mis personajes, una respuesta. No tiene motivos para quejarse, no le he fallado en nada. Trabajo arduo, pero no lo ve, solo se queja, siempre está desconforme.

—Supongo que algo de culpa tendrás allí. Quizás te enfocas demasiado en el trabajo y no le prestas atención.

—Trabajo mucho, sí, pero la trato bien, hemos criado nuestros hijos, me he portado bien, la he respetado.

—Pero ella siente que no te tiene, que no le perteneces de forma total.

—No puede tener celos de una novela o de una pintura, es una actitud infantil.

Se produce un silencio largo que luego de un rato, rompe Andrés.

—¿Y tú, qué has hecho?

—Yo… también he vivido con un vacío sin llenar, que por lo visto quedará así. He criado a mis hijos, también he trabajado sin descanso. Mi matrimonio terminó hace más de 10 años, pero recién hace un año me divorcié. El desgaste de los años o la pérdida del amor, no sé, fue lo que al final, me animó a terminar con eso. En mi caso, Augusto, no participaba en nada de lo que yo hacía, ni para criticarlo. Indiferencia total. No me acompañaba ni a la presentación de alguna novela. En cada evento estuve sin él. Mis hijos, en cambio, no se perdían uno. Nunca leyó nada de lo que yo escribí, no tiene idea de lo que dicen mis libros. Eso es muy feo y duele. 

Se detuvieron frente al mar, las olas lamiendo sus pies descalzos. Andrés tomó las manos de Mónica entre las suyas, la miró a los ojos y dijo:

          —Me he dado cuenta que todo lo que he hecho ha sido un error. Todo lo he hecho mal. Me he equivocado en todo, he elegido mal en la vida.

          —Yo, en cambio, creo que no hay errores. Nada de lo que hacemos, carece de sentido. Todas las opciones que tenemos y las elecciones que hacemos, es lo que teníamos que hacer y estuvo bien así. A veces creemos que nos hemos equivocado, pero con el correr del tiempo, comprendemos que fue lo mejor que pudimos hacer y que fue para bien —dijo Mónica.  —Andrés, no dijo nada y se quedó mirándola con una sonrisa triste en su rostro. Los dos miraban al horizonte tomados de la mano. De pronto, Andrés giró y se puso delante de ella, tiró de su mano y la atrajo en un solo movimiento. La envolvió en un abrazo muy apretado. Un abrazo que rompía las barreras del tiempo. La besó en los labios. Aquel beso que trataba de revivir los momentos de la juventud, se estaba produciendo ahí, en la misma playa. Sus labios se unieron con una sincronicidad absoluta. Un beso que sellaba un amor que nunca murió. Mónica sintió que el tiempo no había pasado entre ellos, solo había hecho una larga pausa.

Las olas mojaban sus pies al llegar a la orilla y la arena se diluía debajo de ellos, obligándolos a corregir la postura en un acto reflejo, cada vez que sus pies se hundían en la arena. Se separaron lentamente mirándose a los ojos. No había promesas, ni reproches, solo la aceptación de un amor que fue y que siempre sería. Caminaron juntos, en silencio, hasta que el sol se ocultó en el horizonte, dejando tras de sí un rastro de estrellas.


(FIN)

Ivalopano

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